Noticias Informes Fotografías Artículos Cultura

@DIN Agencia Digital Independiente de Noticias

Rusos echan una tonelada de basura espacial al mar

Se estima que hay alrededor de dos mil toneladas de objetos creados por el hombre a menos de dos mil kilómetros de la Tierra. La mayor parte de esta masa corresponde a etapas usadas de cohetes, satélites que han dejado de funcionar y, en menor grado, satélites en operación. Los objetos que forman la basura espacial se mueven a velocidades de unos diez kilómetros por segundo.       

Cartel en una playa de Grecia. Foto: Archivo @DIN.

@DIN, 17 de enero de 2007 - La nave carguero "Progress M-57", que rebosa de basura de la Estación Espacial Internacional (EEI), fue hundida ayer en el océano Pacífico, informó el Centro de Vuelos Espaciales (CCVE) de Rusia.
El carguero se desprendió de la EEI a las 23.26 GMT y aproximadamente cuatro horas más tarde, sus fragmentos calcinados cayeron en el Pacífico a 5.700 kilómetros al Este de Nueva Zelanda, indicó Valeri Lindin portavoz del CCVE a la agencia Interfax.
En esta zona entre Oceanía y América del Sur, en el paralelo 40 latitud sur, con profundidades de hasta 4.000 metros, Rusia ha hundido durante más de 40 años más de un centenar de aparatos espaciales.
Los rusos alegan que la basura y la Progress "no representan ningún peligro porque la mayoría de esos desechos y la estructura del aparato se desintegran en las capas superiores de la atmósfera debido a la fricción". Sin embargo algunos analistas opinaron que esta afirmación es dudosa, si no viene respaldada de más información científica.
Desde la semana pasada y hasta el lunes, los tripulantes de la EEI, el cosmonauta ruso Mijail Tiurin, y sus colegas estadounidenses Sunita Williams y Michael López-Alegría, de origen español, cargaron la Progress con más de una tonelada de desechos y equipos obsoletos.
Además, desmantelaron el sistema Kurs, instrumento para el enganche automático de las Progress con la EEI, que una vez devueltos a la Tierra pueden ser utilizados en otros cargueros.
Según Lindin, el puerto de amarre en que estaba acoplada la Progress M-57, lo deberá ocupar la Progress M-59 cuyo lanzamiento está previsto para el próximo jueves desde el cosmódromo de Baikonur, en la república de Kazajistán, Asia Central.
La Progress M-59 es el primer carguero ruso lanzado a la EEI el presente año, y transporta 2,5 toneladas de carga vital entre combustible, agua, oxígeno, repuestos e instrumentos para experimentos.
Además, lleva contenedores con alimentos, medicinas y objetos personales para Tiurin, López-Alegría y Williams integrantes de la decimocuarta expedición (EEI-14).
Recientemente, el director de la empresa de ingeniería Deimos Space y asesor de la Agencia Espacial Europea (ESA) en estos temas, Miguel Belló, dijo que el problema de la basura espacial, formada por objetos artificiales no operativos en órbita alrededor de la Tierra, es cada vez "más grave" porque "cualquier choque con un objeto a la velocidad que se mueven las naves, de unos 25.000 kilómetros por hora, puede ser catastrófico". En estos momentos, matizó Serra, no se puede saber con exactitud "la magnitud" del problema, pero se calcula que puede haber "cerca de 200.000 objetos", aunque sólo están catalogados "unos 15.000".
Casi todos los trozos "fichados" tienen un tamaño de medio metro, pero "por debajo de los 10 centímetros de diámetro" -hasta donde alcanza a ver el telescopio del Observatorio del Teide- "puede haber miles", tan pequeños que, desde una nave, no serían perceptibles y no daría tiempo a esquivarlos, precisó Serra.
La mayoría de estos fragmentos, generados por satélites o cohetes que explotan o colisionan, se hallan en las bandas de altitud más útiles, es decir, en la órbita baja (hasta los 2.000 kilómetros de altura sobre la superficie terrestre) y en la órbita geoestacionaria, donde se encuentran los satélites de comunicación, (a 36.000 kilómetros).

La basura espacial

En el año 1965, el astronauta norteamericano del Géminis 4, Edward White, perdió un guante, permaneciendo en órbita durante un mes a una velocidad cercana a los 30 000 km/h. En el año 1979, la nave Skylab dispersó 20 toneladas de residuos por el océano índico y Australia. Parecido fue el caso del depósito del cohete espacial Delta, de 225 kg, que en 1997 impactó a 50 metros de una granja de Tejas. Ese mismo año, los paneles solares del Hubble fueron perforados por el impacto de un fragmento de chatarra espacial.
Pero la historia de la chatarra espacial no había hecho más que empezar. En 1999, en sus primeros momentos de vida, la Estación Espacial Internacional estuvo a punto de morir. El sueño de la astronáutica mundial, fruto de la colaboración entre 15 países, estuvo a punto de perderse en el espacio. Durante una hora y media navegó sin control intentando esquivar un antiguo cohete ruso abandonado años antes y que, finalmente, pasó a unos 7 km de distancia de la estación. En septiembre del 2002, un astrónomo aficionado canadiense descubrió un depósito de combustible que daba vueltas a la Tierra y que fue identificado como la tercera etapa del cohete americano Saturno V, lanzado con la misión espacial Apolo XII en 1969. La luz que reflejaba se correspondía con el óxido de la pintura de titanio que se empleaba en esas misiones. Llevaba 35 años ahí arriba y quizás caiga en algún momento de los próximos 10.
Éstos son, solamente, algunos ejemplos de los efectos causados por la proliferación exponencial de muchos tipos de deshechos que giran sin control sobre nuestras cabezas.
Hace poco más de cuarenta años, cuando el Sputnik I se convirtió en el primer satélite artifical, no era facil preveer la creciente presencia de basura espacial. Hoy en día el espacio exterior en la vecindad de nuestro planeta está poblado por pequeñas partículas que constituyen un alto riesgo para el desarrollo de misiones espaciales existentes, la planeación de nuevas misiones y para los astronautas.
La basura espacial se origina principalmente en explosiones de satélites o partes de cohetes. El desprendimiento de las distintas etapas de un cohete, como en el caso de los históricos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna, también ha sido una fuente común de desperdicio. Muchas veces las baterias de los satélites estallan accidentalmente; en otros casos satélites fuera de órbita ha sido destruidos intencionalmente para evitar su entrada a la Tierra. Existe una lista de 115 misiones que han terminado en la destrucción o fragmentación del satélite, nave o cohete, lista necesariamente incompleta por la restringida información acerca de satélites espias. Como sea, el primer registro "oficial" de la generación de basura espacial corresponde al desprendimiento de una etapa del cohete ABLESTAR que puso en órbita al satélite TRANSIT 4A, el 29 de junio de 1961. Tres años despues se dió la primera destrucción intencional de un satélite, el Kosmos 50, al no ser recobrado acorde a lo planeado por los soviéticos que lo pusieron en órbita. En muchas ocasiones, tanto soviéticos como norteamericanos hicieron pruebas haciendo explotar deliberadamente satélites en órbita. Eventualmente todas estas explosiones dieron lugar al problema actual de los desechos espaciales.

Cada vez más basura en el Espacio

Aun antes de la llegada del hombre al espacio, la presencia de pequeñas partículas en el ambiente espacial habia sido reconocida como un peligro para las futuras incursiones en el espacio. Pequeños meteoritos, con dimensiones menores a un milímetro, pasan constantemente por la vecindad de la Tierra a velocidades de unos 20 kilómetros por segundo. Las partículas que forman la basura espacial difieren de estos meteoritos no sólo en su composición química, sino también en su movimiento, ya que mientras que los meteoritos pasan cerca de la Tierra y posteriormente se alejan, la basura espacial permanece en órbita alrededor de nuestro planeta indefinidamente. Se estima que hay alrededor de dos mil toneladas de objetos creados por el hombre a menos de dos mil kilómetros de la Tierra. La mayor parte de esta masa corresponde a etapas usadas de cohetes, satélites que han dejado de funcionar y, en menor grado, satélites en operación. A la fecha se tienen catalogados casi ocho mil objetos bajo la categoría de basura espacial, algunos de ellos de tan solo diez centímetros. Sin embargo se sabe que la gran mayoria de los desechos espaciales son objetos aun más pequeños. Las estimaciones recientes indican entre 30,000 y 100,000 objetos de tamaño mayor a un centímetro.
Los objetos que forman la basura espacial se mueven a velocidades de unos diez kilómetros por segundo. Sobra decir que a esta velocidad el impacto de un gramo de metal en un cuerpo humano resulta letal. Afortunadamente las actividades que involucran a astronautas expuestos directamente al ambiente espacial son pocas, de manera que la preocupación se centra en el daño que los desechos espaciales pueden ocasionar a misiones como la famosa estación espacial. Esta preocupación se acentua al tomar en cuenta que la cantidad de basura espacial sigue aumentando día a día. Incluso si un día se logra evitar el poner nuevos desechos en órbita, las colisiones entre desechos ya existentes resultara en un aumento en el número de partículas pequeñas. Aun no existe evidencia documentada de la falla de una nave espacial debido al impacto de desechos espaciales. Sin embargo, el 4 de julio de 1981, el satélite Kosmos 1275 se fragmentó en varios pedazos (¡generando más basura espacial!) sin motivo aparente, siendo el impacto de algún desecho la causa más probable de su destrucción. Estudios de impactos recibidos en algunos satélites, entre ellos el telescopio espacial Hubble, muestran que los desechos espaciales son más peligrosos que los meteoritos en el espacio cercano a nuestro planeta, es decir a menos de dos mil kilómetros de distancia. Esta región está contenida en lo que son las órbitas terrestres bajas ("Low Earth Orbit").

Información relacionada
La acumulación de basura espacial provoca interferencias entre los satélites


Por Rafael Clemente
(CanalEmpresaSostenible/El País)

La mayoría se encuentran a baja altura, entre 200 y 500 kilómetros. Mucho más arriba, 36.000 kilómetros por encima del ecuador, existe un lugar especial, una única órbita, donde se agolpan docenas y docenas de artefactos.
La órbita ecuatorial a 36.000 kilómetros es la órbita geoestacionaria (GEO) u órbita de Clarke, así llamada en honor al autor de 2001, Arthur C. Clarke, quien ya apuntó su utilidad antes de que volase el Sputnik. Clarke observó que de las órbitas posibles, a baja, media y gran altura, ésta era la única que ofrecía un periodo de revolución de 24 horas. Cualquier objeto situado ahí giraría al unísono con la Tierra y parecería estar fijo en el firmamento.
Esa característica la hace adecuada para instalar repetidores de radio y televisión (aparte de novelista, Clarke era un técnico electrónico que durante la II Guerra Mundial intervino en el desarrollo de los primeros sistemas de aterrizaje instrumental). Con tres satélites espaciados 120 grados bastaría para cubrir el globo, salvo las zonas polares. Clarke visualizaba su esquema como tres repetidores de televisión atendidos por técnicos astronautas las 24 horas. Medio siglo después, la realidad es más complicada. En la órbita geoestacionaria nunca ha habido humanos, pero sí una población creciente de satélites automáticos.
Hoy hay 40 naciones con presencia en la GEO, lo que supone unos 300 satélites anclados allí. El peligro de congestión es real. Si pudieran verse, aparecerían como un collar de perlas en el cielo. Entre satélites de comunicaciones, meteorológicos y militares, corresponde uno por cada grado de circunferencia.
Muchos de ellos están fuera de servicio, pero ocupan espacio. A tanta altura, la fricción del aire no les afecta y pasarán milenios antes de que se quemen en la atmósfera. Ninguno lleva un sistema de frenado para destruirlo al acabar su vida útil. Y los transbordadores tripulados no pueden subir a recoger esa basura porque la órbita sincrónica está muy por encima de su techo máximo.
Aunque el peligro de colisiones es bajo, el problema ahora consiste en garantizar que las señales de estos apelotonados satélites no se interfieran. El espacio y las frecuencias disponibles en la GEO son un bien escaso, cuya asignación gestiona la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT).
No es un trabajo fácil. Existen seis organizaciones que explotan satélites en esta órbita. La mayor es Intelsat, que agrupa a más de 140 miembros. Le siguen Inmarsat (telefonía móvil, fax y transmisión de datos). Eutelsat (12 satélites de telefonía y transmisión de televisión), Intersputnik (usa la constelación rusa Express para dar servicios de TV y telefonía), Arabsat (Oriente Próximo y norte de África) y Eumelsat (propietarios del Meteosat, con cuatro satélites). Las relaciones entre ellos se regulan por diferentes códigos de derecho espacial, a veces contradictorios o con vacíos legales.
Cualquiera puede solicitar alojamiento en la GEO y eso provoca conflictos. Por ejemplo, la desproporción entre el tamaño de algunos países y la magnitud de sus peticiones. Hace 12 años, el diminuto archipiélago de Tonga solicitó y obtuvo nueve concesiones. Tonga no fabrica ni lanza satélites y sus necesidades son limitadas. Muchos ven esta política la forma de obtener beneficios alquilando posiciones en la GEO que nunca se iban a utilizar.
En 1993 surgió el primer conflicto cuando un satélite rebautizado TongaStar 1 (en realidad, un viejo Gorizont ruso, alquilado a una empresa norteamericana) fue movido desde su posición hasta los 134 grados este, asignados a Tonga. Allí empezó a interferir con su vecino indonesio, el Palapa Pacific 1. La UIT intervino para llegar a una solución. En 2002 Tonga adquirió otro satélite próximo al fin de su vida útil, el Comstar D4, para ofrecer servicios de cobertura entre Europa, Oriente Próximo y Asia Occidental. Estacionado a 70 grados este, más allá de Sri Lanka, queda muy lejos de Tonga.
No es el único caso. Vietnam posee ocho licencias, pero ningún satélite. Irán tiene tres reservas desde los años setenta. En principio pensaba utilizar una y alquilar las otras dos. Ahora, tras varios años de negociaciones, acaba de contratar con Rusia la construcción del satélite Zhoreh.
A todo esto hay que añadir las compañías que se preparan para entrar en nichos de mercado más específicos. Ellos también pugnan por conseguir su ranura en la GEO. WorldSpace, por ejemplo, ofrece servicios de audio y texto digital en transmisión directa, usando terminales de bajo coste. Tiene dos satélites, AfriStar y AsiaStar, y otro construido, pero pendiente de lanzamiento, que serviría al Caribe e Iberoamérica.
Hay otros usuarios que no divulgan sus actividades. Son los sistemas militares de comunicaciones, alarma temprana o espionaje electrónico. Que se sepa, Estados Unidos ha enviado al menos 110 satélites (la mayoría, inactivos). Probablemente Rusia supera la cifra, aunque es difícil asegurarlo porque sus lanzamientos se hacen bajo la denominación genérica de Cosmos.
Algunos, destinados a escucha electrónica, captan las señales emitidas por móviles o portátiles militares. Para ello, usan antenas monstruosas, de hasta 150 metros de diámetro, hechas con una malla fina que se envía al espacio plegada en la proa del cohete y sólo se abre en órbita. Son tan grandes que pueden ser vistos cuando, por casualidad, pasan ante el telescopio de algún observatorio.

El caso Iridium

Por debajo de la GEO se mueven familias aún más numerosas de satélites. Éstos cambian de posición continuamente y sólo quedan al alcance de las estaciones terrestres durante decenas de minutos. Para garantizar una cobertura continua, hay que disponer de muchos para que al ocultarse uno, otro tome el relevo.
La familia más conocida es el sistema Iridium: 66 satélites idénticos (66 es el número atómico del iridio), agrupados en 6 planos orbitales. Entre todos, garantizan la cobertura del globo, incluyendo los polos, desde donde no se ven los satélites en órbita ecuatorial. En su lanzamiento se usaron cohetes norteamericanos, rusos y chinos. En 1998 el proyecto estaba completado, con los 66 satélites en posición más 6 repuestos. Pero sucesivos fallos obligaron a lanzar más ejemplares. Hoy se han enviado casi 100.
Comercialmente, los inicios del programa fueron catastróficos. La demanda no se materializó y la compañía quebró. Adquirida por un grupo inversor, consiguió un contrato del Departamento de Defensa de Estados Unidos que garantizaba su supervivencia hasta 2010. Hoy, Iridium y sus competidoras Global Star y Orb Comm (también con problemas económicos) ofrecen servicios de acceso telefónico desde zonas remotas.
Iridium no está al alcance de todos. Un teléfono por satélite cuesta 1.500 euros y puede alcanzar los 10.000 euros. El coste por llamada llega a 1,50 euros el minuto. Su uso se justifica cuando no hay cobertura de móviles. Usan estos equipos explotaciones agropecuarias o madereras, ONG que trabajan en áreas aisladas, servicios de emergencia en catástrofes, alpinistas, embarcaciones de altura y algunas organizaciones estatales o militares. Pero es dudoso que la telefonía por satélite llegue a generalizarse.

 

Comentarios

Título:

Nombre:

E-Mail:

Mensaje:

Acerca de @DIN