Su
relación con Occidente marchó bien, pese a las masacres y brutalidad de su
gobierno, que eran ocultadas por la prensa "civilizada", hasta que decidió
invadir y anexar Kuwait, un enclave petrolero preferencial de los EEUU.
Desde entonces, fue atacado despiadadamente por sus antiguos sostenedores
occidentales, y comenzó a ser caracterizado como "dictador" por los mismos
medios que antes lo alababan. Imagen de pantalla de Iraqiya TV.
@DIN, 30 de
diciembre de 2006 - ‘‘El criminal Sadam fue ahorcado’’, informó la
televisora estatal Iraqiya en un comunicado. El canal difundió música
patriótica y mostró imágenes de monumentos nacionales.Sadam Husein, el
militar que gobernó Iraq durante un cuarto de siglo y fue instrumento de la
política imperialista de los Estados Unidos durante varias décadas, al caer
en desgracia por su excesiva independencia de criterio fue derrocado en una
guerra encabezada por Estados Unidos. Esta guerra devastó a su país, y aún
continúa, debido a la tenaz resistencia de las milicias populares iraquíes.
Sadam pereció hoy entre las cinco y media y las seis menos cuarto de la
mañana en la horca, a los 69 años.
La televisora Iraqiya divulgó que "los medio-hermanos de Husein, Barzan
Ibrahim y Awad Hamed al Bandar, ex presidente del Tribunal Revolucionario",
también sufrieron la misma suerte.
‘‘La ejecución comenzó con Husein, después Barzan, y luego Awad al Bandar’’,
expresó un comentarista de Iraqiya.
El canal difundió canciones nacionales y mostraba un letrero en la pantalla
que decía: ‘‘La ejecución de Sadam representa el fin de un período oscuro en
la historia de Iraq’’.
Mariam al Rayes, una experta legal y ex integrante del Parlamento, declaró a
ese medio que la muerte ‘‘fue filmada y Dios mediante será mostrada. Había
una cámara y también estaba presente un médico’’.
Al Reyes no asistió a la ejecución, tampoco el primer ministro Nouri al
Maliki, pero fue representado por un asesor.
Otras televisoras árabes, entre ellas Al Arabiya de propiedad saudita y Al
Hurra, que recibe financiamiento estadounidense, difundieron tomas en vivo
del Sol cuando comenzaba a arrojar sus rayos sobre la Plaza Firdous de
Bagdad, donde los infantes de Marina estadounidenses derribaron una estatua
del ex gobernante el 9 de abril de 2003.
En Washington, una jueza estadounidense rechazó una apelación de último
momento del ex presidente iraquí para que se suspendiera su muerte.
Al Maliki había rechazado los pedidos de clemencia, afirmando que ésta sería
un insulto a las víctimas del dictador.
La pena capital se produjo 56 días después de que una corte condenó al ex
mandatario y lo sentenció a muerte alegando su papel en la matanza de 148
chiítas en una población donde se produjo un atentado contra el dictador en
1982. La Corte Suprema iraquí rechazó el lunes una apelación presentada por
el ex amigo de EEUU y ordenó su ejecución en un plazo de 30 días.
En el momento de su deceso, el sindicado era juzgado por genocidio y otros
crímenes por la represión militar que mató a unos 180 mil kurdos en el norte
de la nación árabe en 1987-1988. Expertos dijeron que el juicio de los demás
acusados probablemente continuará.
El ex amigo de EEUU Sadam Husein solía decir que era el ‘‘constructor del
Iraq moderno’’, pero seguramente los iraquíes quedarán con una percepción
muy diferente de lo que fueron sus años en el poder.
Bagdad era la envidia del mundo árabe hace varias décadas, antes de que el
ex mandatario lanzara a su pueblo, por instigación de EEUU, a la guerra
librada de 1980 a 1988 contra Irán y luego la invasión de Kuwait en 1990,
que causó la Guerra del Golfo Pérsico.
Durante su régimen la prisión o la ejecución sumaria de los enemigos
políticos era algo cotidiano. Tras la invasión estadounidense se
descubrieron enormes fosas comunes.
56 días después de haber sido sentenciado, el ex amigo de EEUU enfrentó la
pena máxima en la horca, por la muerte de 148 chiítas en 1982.
En una mañana soleada y templada de noviembre de 1982, más de una decena de
periodistas estadounidenses se sentaron alrededor de una gran mesa en el
Palacio Republicano de Bagdad, esperando una audiencia con Sadam Husein.
El líder de 45 años llevaba tres años en el poder. La guerra con Irán
entraba en su tercer año, no marchaba bien. El mandatario necesitaba todo el
apoyo internacional posible.
Invitar a una delegación de periodistas a visitar Iraq fue parte de la
estrategia para llegar a Washington, que estaba alarmado por la posibilidad
de que los iraníes, bajo el comando del ayatolá Ruhola Jomeini, pudieran
derrotar a los iraquíes y ocupar una posición dominante en Medio Oriente,
una región rica en petróleo.
Desde aquella oportunidad, el dictador iraquí fue presentado por los grandes
medios occidentales como una esperanza "moderada" para la región, en
contraste con Irán, que era demonizado por su gobierno de sacerdotes
islámicos.
Su relación con Occidente marchó bien, pese a las masacres y brutalidad de
su gobierno, que eran ocultadas por la prensa "civilizada", hasta que
decidió invadir y anexar Kuwait, un enclave petrolero preferencial de los
EEUU. Desde entonces, fue atacado despiadadamente por sus antiguos
sostenedores occidentales, y comenzó a ser caracterizado como "dictador" por
los mismos medios que antes lo alababan.
Una vida violenta
Sadam Husein, quien durante 24 años ejerció el máximo poder en Iraq y hoy
fue ejecutado, nació el 28 de abril de 1937 en Al Awja, una aldea
dependiente de Tikrit, ciudad musulmana suní a 150 kilómetros de Bagdad.
Descendiente de una familia de campesinos, tras la muerte de su padre fue
educado por su tío, Khairallah Tolfah, quien luego fue gobernador de Bagdad.
Afiliado al partido socialista panarabista Baaz desde 1956, su carrera
estuvo marcada por intentos de asesinatos de adversarios y golpes de Estado.
Durante su juventud participó en un golpe de Estado fallido contra el rey
Faisal II y en un atentado frustrado contra el general Abdul Karin Kassem,
pasó varios periodos en prisión, fue condenado a muerte y estuvo exiliado en
Siria y Egipto.
Regresó a su país en 1963 y participó en el golpe de estado que en 1968 alzó
al poder al partido Baaz, de quien fue Secretario General Adjunto.
Con el apoyo de EEUU lanzó una guerra contra Irán que terminó devastando a
ambos sin llegar a una definición clara, pero cumpliendo los propósitos
imperiales que eran debilitar al máximo a Irán.
Graves irregularidades
Según Augusto Zamora R., profesor de Derecho Internacional Público y
Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid, el juicio
al ex dictador estuvo afectado, desde una perspectiva jurídica
internacional, de graves vicios que privaron de legitimidad al tribunal
designado para enjuiciarlo. El mayor, aunque no único impedimento, fue la
forma en que Sadam Husein fue derrocado y capturado. Tal se logró
perpetrando el mayor de los crímenes contra la paz y la seguridad de la
humanidad como es una guerra de agresión, que viola las normas más sagradas
del orden jurídico mundial.
Para entender mejor la trascendencia judicial de este crimen debe recordarse
que el Estatuto del Tribunal Penal Internacional (TPI) reafirma, en su
Preámbulo, la obligación de los Estados de abstenerse de recurrir a la
amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la
independencia política de cualquier otro. El artículo 5 del Estatuto
incluye, además, el crimen de agresión dentro de la competencia del TPI. No
se admite, pues, que la captura de personas acusadas de crímenes
perseguibles internacionalmente se haga perpetrando crímenes mayores.
Admitir tal posibilidad sería aceptar que, para capturar a un criminal,
pueda un gobierno masacrar a pueblos enteros. Tal aberración abriría la
puerta a la comisión de crímenes aún más horrendos que es, ni más ni menos,
lo que viene ocurriendo en Iraq desde el inicio de la agresión y la
ocupación.
Otra cuestión es la referida a la legitimidad de las autoridades que
nombraron al tribunal y, en consecuencia, a la legitimidad e idoneidad de
dicho tribunal. El artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos dispone que “toda persona tendrá derecho a ser oída públicamente y
con las debidas garantías por un tribunal competente, independiente e
imparcial”. Iraq es un país ocupado por 200.000 soldados y mercenarios
extranjeros y la permanencia del gobierno actual depende de las fuerzas de
ocupación. Iraq, hoy, carece de instituciones independientes, de
Constitución y de un ordenamiento legal que sea reconocido como tal. No hay,
por tanto, un sistema jurídico fiable que pueda dar garantías de juicio
imparcial. El tribunal fue casi secreto y, salvo para EEUU y sus aliados,
nadie puede creer que haya sido independiente. Fue un remedo de tribunal o
un tribunal político, creado para legalizar la venganza de los enemigos
internos y externos del régimen baasista.
Un tercer aspecto se refiere a los crímenes por los que fue juzgado el ex
dictador y ex presidente de Iraq. Las represiones internas, sobre todo en
caso de sublevaciones o de movimientos separatistas, tienen una interminable
lista, contándose por decenas los países, regímenes y tiranos que han
ensangrentado sus países. En Guatemala, por cuarenta años, los indígenas
sufrieron una represión brutal que dejó 200.000 muertos. Leyes de amnistía
cerraron el capítulo sin juicio contra nadie. Otro tanto ocurrió en
Argentina, Uruguay o Chile. En la última década, África ha sido escenario de
las guerras más sanguinarias de las últimas décadas, con millones de
víctimas. Nadie ha sido perseguido ni enjuiciado. Con excepción del
genocidio en Ruanda y de la ex Yugoslavia, para lo que se crearon tribunales
internacionales ad hoc, el resto de los crímenes no cuenta, preocupa ni
perturba a nadie. Esta dolorosa realidad lleva a considerar el juicio contra
Sadam como una revancha. Se trata de una aplicación selectiva de la
justicia, donde lo que realmente se juzga no son los crímenes en sí –que los
hubo y deben ser juzgados- sino el desafío de Sadam a EEUU.
Según la opinión de este catedrático, no hubo en Bagdad un acto de justicia,
sino su negación. El gobierno de EEUU, impulsor del juicio, hubiese dado
mejor ejemplo ratificando el Estatuto del TPI y aceptando un tribunal
internacional para Sadam, dice el especialista. Otro tribunal habrá que
pedir para los responsables de la guerra de agresión contra Iraq, afirma.
Opinión
Sadam Husein y los crímenes de estado
Por Noam Chomsky
28 de Enero de 2004
Un juicio justo del dictador debe incluir los testimonios de los gobernantes
de EEUU por el apoyo que ofrecieron al expresidente iraquí incluso cuando
cometía las peores atrocidades.
Los prolongados y tortuosos lazos entre Sadam Husein y Occidente plantean
interrogantes acerca de qué temas y situaciones embarazosas podrían emerger
en un tribunal. En un proceso justo a Sadam (algo imposible de imaginar), un
abogado defensor podría llamar a prestar testimonio a Colin Powell, Dick
Cheney, Donald Rumsfeld, Bush padre y otros altos funcionarios de los
gobiernos de Ronald Reagan y George Bush, que ofrecieron destacado apoyo al
dictador, inclusive en sus peores atrocidades.
Un proceso justo debería al menos aceptar el elemental principio moral de
universalidad: los acusadores y el acusador deben ser sometidos a las mismas
normas. En tribunales de crímenes de guerra, los precedentes son turbios.
Inclusive en Nuremberg, el menos defectuoso de ese tipo de tribunales (y con
la peor colección de gánsters procesados nunca), la definición de "crimen"
fue algo que los alemanes cometieron, y los aliados no.
"Husein, como Milosevic, tratará de avergonzar a Occidente hablando del
anterior respaldo que recibió su régimen. Tal vez sea irrelevante desde el
punto de vista legal, pero es algo que crispará los rostros de Jacques
Chirac y de Donald Rumsfeld", señaló hace poco en The Boston Globe Gary J.
Bass, profesor de la Universidad de Princeton y autor de Stay the Hand of
Vengeance: The Politics of War Crimes Tribunals.
Un proceso justo demostrará, como lo indican abundantes registros del
Congreso y de otras fuentes, que Washington hizo un sacrílego matrimonio de
conveniencia con Sadam durante la década de los 80. El pretexto inicial fue
que Irak podía conjurar el peligro de Irán, país al que atacó con respaldo
norteamericano, pero el mismo apoyo continuó después de concluir la guerra.
Ahora, aquellos que fueron responsables por la política de compromiso están
llevando a Sadam ante los estrados de la justicia.
Rumsfeld, como enviado especial de Reagan a Oriente Próximo, visitó Irak en
1983 y 1984 para establecer relaciones más firmes con Sadam (al mismo tiempo
que el Gobierno criticaba a Irak por usar armas químicas).
Powell fue asesor nacional de seguridad de Bush padre entre diciembre de
1987 y enero de 1989, y algunos meses más tarde se convirtió en jefe del
estado mayor conjunto de las fuerzas armadas. Cheney fue secretario de
Defensa de Bush padre. Por lo tanto, Powell y Cheney ocupaban altos cargos
en la época en que Sadam cometió sus peores atrocidades, la matanza con
gases letales de los kurdos en 1988 y el aplastamiento de la rebelión shií
de 1991 que podría haberle derrocado.
En la actualidad, bajo Bush hijo, Powell, Cheney y otros mencionan de manera
constante esas atrocidades para justificar la destrucción del demonio. Y eso
está bien, aunque no se habla del elemento crucial del respaldo
estadounidense a Sadam durante ese periodo. En octubre de 1989, Bush padre
emitió una directiva de seguridad nacional declarando que "las relaciones
normales entre Estados Unidos e Irak servirán a nuestros intereses a largo
plazo y promoverán la estabilidad en el golfo Pérsico y en Oriente Próximo".
Estados Unidos ofreció subsidiar el envío de alimentos que el régimen de
Sadam necesitaba tras la destrucción de la producción agrícola kurda, junto
con tecnología avanzada y agentes biológicos destinados a armas de
destrucción masiva. Después de que Sadam se pasase de la raya e invadiese
Kuwait en agosto de 1990, la política y los pretextos variaron, pero un
elemento permaneció constante: el pueblo de Irak no debía controlar su
propio país.
En 1990 las Naciones Unidas impusieron sanciones económicas a Irak, que
fueron administradas en buena parte por Estados Unidos y Gran Bretaña. Esas
sanciones, que continuaron durante la época del presidente Bill Clinton y
siguieron con Bush hijo, son tal vez el legado más lamentable de la política
norteamericana hacia Irak.
No hay occidentales que conozcan a Irak mejor que Denis Halliday y Hans von
Sponeck, que sirvieron de manera sucesiva como coordinadores de ayuda
humanitaria de la ONU entre 1997 y el 2000. Ambos renunciaron en protesta
por las sanciones, que Halliday calificó de "genocidas". Tal como Halliday,
Von Sponeck y otros han señalado, durante años, que las sanciones devastaron
a la población iraquí y fortalecieron al régimen de Sadam y a sus secuaces,
aumentando la dependencia del pueblo del tirano, como única forma de
sobrevivir. "Nosotros amparamos (el régimen de Sadam) y negamos toda
posibilidad de cambio", dijo Halliday en el 2002. "Creo que si los iraquís
hubiesen recuperado su economía y restablecido su forma de vida, se hubieran
encargado del tipo de gobierno que consideran adecuado para su país".
No sabemos si se permitirá que esta historia sea divulgada en un tribunal.
Pero el tema de quien se hará cargo de Irak en el futuro sigue siendo
crucial, y es muy disputado en los actuales momentos.
Además de este asunto central, aquellos a los que preocupaba la tragedia de
Irak tenían tres objetivos básicos: primero, derrocar al tirano; segundo,
poner fin a las sanciones que afectaron al pueblo, pero no a los
gobernantes; y tercero, preservar cierta apariencia de orden mundial.
No puede haber desacuerdo entre la gente decente sobre los dos primeros
objetivos. Haberlos conseguido es motivo de celebración, especialmente por
parte de aquellos que se opusieron al apoyo de Estados Unidos a Sadam y
luego al régimen de letales sanciones. Esas personas pueden aplaudir sin
hipocresía. El segundo objetivo podría haberse alcanzado, y posiblemente
también el primero, sin socavar el tercero.
El Gobierno de Bush ha declarado de manera abierta su intención de
desmantelar lo que queda del orden mundial y gobernar al mundo por la
fuerza. En ese sentido, Irak es un proyecto de exhibición. Esa intención ha
causado miedo y con frecuencia odio en todo el mundo, así como desesperación
entre aquellos a quienes les preocupan las posibles consecuencias de ser
cómplices de la actual política estadounidense de agresión a voluntad. Por
supuesto, la alternativa a esa política es una opción que descansa en gran
parte en las manos del pueblo estadounidense.