El Código Da Vinci Una novela con muchas verdades |
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La última cena - Leonardo Da Vinci |
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Por Julio Carreras (h) Un amigo me ha enviado cierto artículo. Lleva como título El Hecho y su contexto, con una volanta abajo: La estafa de El Código Da Vinci: un best-seller mentiroso. Está firmado por Pedro J. Ginés Rodríguez, presumiblemente publicado por algún periódico en España, sin especificar. El envío no es arbitrario. Sucede que él concurrió a la disertación de un panel, en donde se reflexionó sobre parte de mi obra literaria. En ese contexto, Amalia Beatriz Domínguez dijo, aproximadamente, que la novela Bertozzi, publicada en Italia hacia 1996 *, se sostenía sobre un presupuesto ideológico semejante al de El Código Da Vinci. Con generosa solidaridad, se quejó también de que pese a ello mi novela permanece en el anonimato, mientras que la de Dan Brown se ha convertido en un libro vendido por millones. Por mi parte creo que la novela de Dan Brown aporta numerosos conceptos verdaderamente valiosos, para quienes estudiamos los fenómenos religiosos con el ánimo sincero de descubrir la verdad. Los enumeraré de un modo cronológicamente inverso: 1) La leyenda del Santo Grial alude simbólicamente a la saga de una notable progenie Europea, los merovingios, cuyos integrantes serían descendientes directos de Jesús. 2) Por lo tanto Jesús habría sido casado. Su esposa habría sido María Magdalena, quien luego de la crucifixión de su marido, habría sido trasladada a Europa por los apóstoles, más precisamente a la Galia, desde donde prolongaría la descendencia sagrada. 3) Jesús no habría sido el Hijo de Dios, sino un profeta del verdadero culto sagrado, en cuyo centro reinaba una deidad femenina. En este credo, María Magdalena actuaba como Suma Sacerdotisa. Considero sumamente interesantes estos conceptos, porque resumen concepciones barajadas de un modo confuso durante siglos, a través de múltiples vertientes religiosas. Que se convirtieron en esotéricas debido a la feroz persecución suscitada, desde el sector que gradualmente fue consolidándose en el poder de la Iglesia Católica. El mérito de este resumen tampoco es de Brown, como descubriría después, también gracias a la ayuda de Amalia Beatriz Domínguez, con quien nos une además de múltiples afinidades espirituales la búsqueda sincera de la verdad, desde muchos años atrás. Juntos descubrimos, hace apenas unos días, El Enigma Sagrado, libro publicado en español hacia 1985. Bajo una idea de Henry Lincoln, guionista de la BBC, Richard Leigh, novelista, y Michael Baigent, licenciado en psicología, todos expertos en temas relacionados con el Grial, se construyó este libro que roza las 500 páginas. En él se desarrolla, sobre bases documentadas cuidadosamente, la historia que en sus conceptos básicos difundirá luego la hoy muy leída El Código Da Vinci. Hasta el nombre de su personaje principal, Sauniére, el curador jefe del Museo del Louvre y Gran Maestre de una orden secreta, la que custodia el Santo Grial, es el mismo de un personaje real, Sauniére, cura de fines del XIX, quien efectúa un misterioso hallazgo en su parroquia, ubicada en una bella zona montañosa habitada otrora por cátaros y templarios. Esto no quita mérito, según mi modesto entender, a El Código Da Vinci, pues resume de un modo esquemático y medular los conceptos largamente desmenuzados y sostenidos con abundantes citas, mapas y fotografías en El enigma sagrado. La rápida digestibilidad de la novela permite, parecidamente a los buenos videos de Carl Sagan, acceder a un conocimiento que de otro modo podría quedar algo desdibujado, en un libro tan extenso y minucioso como el anterior. Pues bien, en esta Carta a las amigas y amigos que integran esta congregación espontánea, propongo dividir nuestro análisis en dos partes: primero, los argumentos esenciales de la novela -y por ende, de su sostén ideológico, El enigma sagrado -. Segundo, las argumentaciones del articulista Ginés Rodríguez, que considero una reacción visceral, desde el extremo simétricamente opuesto a la postura conceptual mantenida por los autores de ambos libros. Comencemos con el tema de la supuesta descendencia de Jesús. Rey de Israel Según las líneas históricas reconstruidas en base a documentos -pero principalmente a imaginación- (1) por los autores mencionados, María Magdalena, luego de la muerte de Jesús, habría sido llevada secretamente hacia Europa por un selecto grupo de apóstoles. Ésta, conformada bajo expresas directivas de Jesús, habría estado conducida por Lázaro y José de Arimatea. Su misión sagrada era preservar a la sacerdotisa, María Magdalena, por entonces embarazada, y su progenie. Hasta el momento oportuno, en que se suscitaran las condiciones necesarias para restablecer el reino de la estirpe legítima de la Casa de Israel, que Jesús representaba, por sus dos líneas genealógicas ascendentes. En tal sentido, dicen los autores de El enigma sagrado: El evangelio de Mateo afirma explícitamente que Jesús era de sangre real: un rey auténtico, heredero por línea directa de Salomón y David. Si esto es verdad, disfrutaría de un derecho legítimo al trono de una Palestina unida, y puede incluso que gozara del derecho legítimo. Y la inscripción que se hizo en la cruz sería mucho más que una simple burla sádica, pues Jesús sería de veras el «rey de los judíos». En muchos sentidos, su posición sería análoga a la de, pongamos por caso, el príncipe Carlos Estuardo en 1745. Y, por ende, engendraría la oposición que engendró exactamente debido a esta condición: la de rey sacerdote que tal vez unificaría a su país y al pueblo judío, con lo que representaría una seria amenaza tanto para Herodes como para Roma. De tal manera, la ejecución infamante de este príncipe de Israel no habría sido, como pretende la tradición sinóptica, un hecho religioso inducido por los hebreos, sino un acto político, considerado imprescindible por el Imperio Romano, para sostener su poder ante el adversario más importante que tuviesen durante toda su dominación. En tal sentido continúan argumentando Lincoln y sus compañeros, para demostrar que existía una genuina familia real con legítimo derecho a reclamar la devolución del trono de Israel. Según todas las crónicas del Nuevo Testamento -dicen Leigh, Lincoln y Baigent-, Jesús era del linaje de David y, por ende, también miembro de la tribu de Judá. A ojos de los benjamitas esto le convertiría, al menos en cierto sentido, en un usurpador. Sin embargo, una objeción de esta índole habría quedado superada de haber contraído Jesús matrimonio con una mujer benjamita. Un matrimonio de esta clase hubiera constituido una importante alianza dinástica, una alianza cargada de importancia política. No sólo habría proporcionado a Israel un poderoso rey-sacerdote, sino que, además, habría cumplido la función simbólica de devolver Israel a sus propietarios originales y legítimos. De esta manera habría servido para estimular la unidad y el apoyo del pueblo, aparte de consolidar el derecho al trono que pudiera poseer Jesús. [...] Jesús sería un rey-sacerdote del linaje de David que poseía un derecho legítimo al trono. Consolidaría su posición mediante un matrimonio dinástico simbólicamente importante. Luego estaría en condiciones de unificar a su país, movilizar al pueblo tras él, expulsar a los opresores, deponer a su marioneta abyecta y restaurar la gloria de la monarquía tal como era bajo Salomón. Un hombre así habría sido verdaderamente «rey de los judíos». (2) Pues bien, en esta línea de razonamiento, la preservación de la estirpe de Jesús sería necesaria para el establecimiento del Reino de Dios sobre la Tierra, cuando se presentara otra oportunidad adecuada (la primera habría sido durante la vida de Jesús). Esta segunda oportunidad, según el criterio sustentado por estos libros, bien podría haber sido el período de las Cruzadas. Allí, un maduro ejército cristiano se vuelca de un modo irresistible sobre el Israel histórico. ¿Y quiénes serían el núcleo central de esta gigantesca aventura, a la vez en el plano militar tanto como en lo espiritual? Los Templarios. En ellos -así como en una misteriosa orden secreta, autora de todos los trazamientos políticos fundamentales- se encontrarían jugando papeles claves los descendientes directos de Jesús, quienes habrían constituido, desde sus orígenes, a la noble estirpe merovingia. Prueba contundente de tal razonamiento sería la elección de Godofredo de Bouillon -y a su temprana muerte la de su hermano, Balduino I-, como reyes de Jerusalén. De tal manera, durante el deslumbrante aunque precario reinado europeo sobre Palestina -1099-1187-, se habría cumplido, pues, una nueva etapa de este repetido intento: colocar toda la tierra bajo un genuino y directo representante de Dios. Esta aseveración, subyacente en los escritos del Enigma Sagrado, más directamente sugerida en El Código Da Vinci resulta seductora para una mentalidad romántica y algo cándida. Como lo son las de la gran mayoría de los humanos en el mundo, en esto no se diferencian sustancialmente las razas. Sin embargo presenta una gigantesca debilidad conceptual. Es que las narraciones evangélicas -tanto de los evangelios canónicos como la de los desestimados por el catolicismo- Jesús jamás predicó un reino de este mundo. Por el contrario, se identifica a las cuestiones políticas, económicas o sociales, como accesorios a la verdadera misión de los humanos sobre este mundo: perfeccionarse para la vida superior, esto es, espiritual, que podrá vivirse en plenitud, únicamente, luego de abandonar nuestro vehículo terreno, el cuerpo físico. Un anticipo de ella puede experimentarse, entregándose por completo a la vida espiritual, en comunidad. ¿Cómo es esto? Amando por igual a todos, y compartiendo todas nuestras posesiones con los demás. O sea, un tipo de convivencia que perfectamente podríamos llamar comunismo. Al parecer hasta el siglo III hubo muchos grupos de seguidores de Cristo que llevaron a la práctica de un modo eficaz tales preceptos, particularmente en Egipto y Grecia. Por lo expresado, difícilmente podría haber interesado a Jesús promover el cuidado de su semilla -aun concediendo que hubiese sido casado- con el propósito de que nueve siglos después, hordas armadas con espadas de cinco kilos, mazas erizadas de púas y hachas, arrebataran, de un modo sangriento, a otras hordas semejantes, el dominio de un reino constituido meramente por objetos y tierras. El complejo nord europeo Otro aspecto menos sustentable pero de alto valor especulativo es que, aún concediendo un propósito de preservación dinástica y la pertenencia de Jesús y su esposa a una clase social de gran prosapia, resulta poco razonable que hayan elegido, para exiliarse, la Galia. ¿Con qué propósitos una familia noble, de educación refinada, buscaría fijar su nueva residencia en lo que entonces era considerado -con perdón de la palabra- el culo del mundo? Se conoce que los romanos -cultura reciente, para el período mencionado- despreciaban a los habitantes de toda la región ubicada a sus espaldas, lo mismo que los estadounidenses desprecian profundamente a los mexicanos. Para aquel entonces, la Civilización, la Cultura, las Artes, la Sabiduría trascendental, todos los elementos necesarios para un buen nivel de vida estaban ubicados principalmente en dos grandes regiones: Egipto y Babilonia. Los mismos griegos -cultura antigua y exquisita- rendía tributo a la tradición cultural asiática, como lo más elevado que podía encontrarse en el mundo por aquellos tiempos. Así Cleopatra y su corte -que no eran egipcios sino griegos, descendientes de las casas nobles que acompañaron a Alejandro- había adoptado totalmente la civilización egipcia como propia. Siguiendo una lógica pedestre se puede argumentar que el exilio de la noble Magdalena y su corte en tierra europea, constituye algo semejante a decir que Máxima Zorreguieta, en vez de casarse con un príncipe de Holanda, hubiera elegido para tal propósito a un hijo del presidente de El Salvador. Puede esconderse, entonces, tras esta imaginativa construcción de una línea genealógica directa, que uniría a la nobleza merovingia -y más tarde a la teutona e inglesa por consanguinidad- con las más antiguas estirpes asiáticas, hasta el inicio mismo de la humanidad, puede haber aquí, decíamos, tal vez, la única necesidad de legitimar el derecho de franceses, ingleses, alemanes y nórdicos en general a la categoría de cultura superior. Es muy notable en la literatura nord europea esta necesidad de dignificar hasta un nivel sublime lo que al parecer consideran -de un modo subconsciente- sus habitualmente feos orígenes. Así encontramos que autores tan sólidos y profundos como Mircea Eliade, o James G. Frazer, caen bajo este complejo de inferioridad subconsciente. Ambos pretenden equiparar, sutilmente, con los refinadísimos cultos antiguos -egipcios, suméricos- a ritos burdos y primitivos, como los manifestados por las tribus bárbaras, que habitaban las regiones heladas de Dinamarca o los alpes europeos. Así, la adoración de feos montículos de piedra -Eliade- o el custodio criminal de una lagunita entre los riscos -Frazer- son colocados, argumentativamente, en categorías semejantes a los complejos sistemas teológicos, desarrollados alrededor de religiones como las de Isis y Osiris, el culto a Astarté, o los antiguos dualismos babilónicos. Es casi seguro que la predicación de Jesús fue una brillante coronación de todas las antiguas tradiciones religiosas orientales mencionadas, pero no es nada seguro de que esta haya tenido continuidad precisamente en las tradiciones religiosas europeas. Mas dejaremos este hilo de nuestra reflexión aquí, para no alejarnos de los temas centrales. Estado civil de Jesucristo El segundo tema, la vida en pareja de Jesús, tiene para nuestro gusto una particular benevolencia. Si Jesús hubiese sido casado, ello echaría por tierra de una vez para siempre la espantosa penumbra de pecaminosidad con que se mancilló históricamente a las relaciones sexuales en nuestra cultura cristiana (y también en la musulmana, en gran parte derivada de la cristiandad). De haber resultado Jesús un hombre casado -como se sostiene con argumentos muy convincentes en El enigma - las relaciones humanas podrían cambiar extraordinariamente. Bajo la perspectiva de que la sexualidad y el amor de pareja no son cuestiones sucias, destinadas a practicarse en zonas umbrías y no sin un dejo de culpabilidad, sino parte de la sagrada enseñanza transmitida por nuestro mayor Maestro, la gente podría quitarse de encima una lápida que motivara, durante siglos, gran parte de los mayores padecimientos ocurridos sobre la Tierra. Tan es así que grandes filósofos como Wilhelm Reich atribuyeron a los conflictos psicológicos de la sexualidad el origen de una fracción inmensa de la energía social desordenada que se canaliza, luego, a través de las grandes guerras. El nazismo, según Reich, sería un ejemplo paradigmático de la sublimación, errónea, de inmensas acumulaciones de energías, existentes en el pueblo alemán debido a la gravitación poderosa de los complejos sexuales. Por nuestra parte, una muy traumática experiencia en tales campos nos ha convencido de que la sexualidad es sólo un aspecto -aunque sumamente central- de las necesidades naturales de los humanos, que en su conjunto podrían configurarse dentro de aquel pilar esencial de nuestra condición humana, genéricamente denominado Amor. ¿Por qué ha sido confinado al calabozo de martirio, adonde lo condujeron las culturas de casi todas las razas que habitan la Tierra? Me pregunto esto casi desde la infancia y hoy -a los 55 años, cumplidos el 19 de agosto- no hallé respuesta clara aún. El matrimonio de Jesús, entonces, podría inducir un giro benéfico y altamente purificador en nuestra convicción cristiana, pues daría a la concepción natural de la vida una justificación divina, de otro modo puesta en duda por un celibato sacerdotal cuya necesidad no nos cierra. Dos pasajes del Evangelio de Felipe sostienen esta idea. Los transcribimos a continuación: 36. Había tres mujeres llamadas María, quienes caminaban con el Señor Jesús todo el tiempo: su madre, su hermana y la Magdalena, la que es llamada su pareja. Así fue que su Madre, Hermana y Pareja, (las tres) se llamaban «María». Y: “59. La sabiduría que los humanos llaman estéril, es la Madre de los Ángeles. Y la pareja de Cristo es María Magdalena. El Señor amaba a María más que a todos los demás discípulos, y él la besaba a menudo en su boca. Él abrazaba también a las otras mujeres, mas estas le dijeron: ¿Por qué la amas a ella más que a todas nosotras? | A esta pregunta, Jesús responde: |“¿Por qué no las quiero de la misma manera que la quiero a ella?... Cuando alguien que está ciego y uno que ve están ambos juntos en la oscuridad, no hay diferencia entre uno y el otro. Pero cuando llega la luz, el que posee sus ojos sanos verá la luz, y el ciego permanecerá en la oscuridad” (NHC II.3.63.32ff) (Robinson 1977: 138).
La divinidad de Jesús
Autonomía, Santiago del Estero, sábado 19
de septiembre de 2004
(1) Quiero dejar constancia que no considero a la imaginación un factor poco importante
para el descubrimiento de la verdad. Precisamente fue debido a ella que grandes hallazgos
científicos -como las ruinas de Troya, la gravitación de los planetas o la relatividad-
fueron concebidas por sus autores. Una reflexión teológica de Luis Alonso Schökel y
Juan Mateos, quienes dirigieron la traducción de la hermosísima Nueva Biblia Española,
dice más o menos así (cito de memoria): Dios sugiere a través de las narraciones
bíblicas y los salmos que la imaginación es el instrumento esencial para el
discernimiento de la Verdad en los planos espirituales. * Bertozzi - Nouvelle - ESI S.A., Milán - Roma - Nápoles, 1999. Versión en italiano. |
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