Editorial

Una decisión sin retorno

25 de enero de 2006


Estados Unidos acaba de atravesar hacia atrás la línea que separa nuestra civilización de la prehistoria: se ha autoconcedido una ley para ejecutar prisioneros indefensos. En cualquier lugar del mundo, pues, un ejército de criminales podrá secuestrar personas de cualquier sexo, nacionalidad, raza o religión. Luego de torturarlas -básicamente para satisfacer la avidez de esos seres irremediablemente enfermos-, podrán matarlas sin más.
Así nos informa un cable de la AFP.
"El nuevo reglamento da luz verde a que las condenas de pena de muerte dictaminadas por tribunales de guerra se puedan aplicar ahora fuera del país. Esta medida permitirá la ejecución de prisioneros en la base militar de Guantánamo (Cuba)", informa con asepsia la agencia internacional.
La reforma se detalla en un documento firmado por el jefe del Estado Mayor de EEUU el día 17 de enero, pero que recién el martes 24 ha sido hecho público. Según el portavoz del Centro de Información sobre la Pena de Muerte (sic), Richard Dieter, estas normas facilitarían la ejecución de algún "combatiente enemigo" detenido en la base naval de Guantánamo.
De la misma manera que los romanos fueron cruzando hacia atrás todas las líneas con que venían ampliando horizontes culturales los sabios desde Hermes a Platón, todos los imperios parecen indefectiblemente destinados a hacerlo, cuando han llegado a cierta medida de su desarrollo material. Sólo para precipitarse definitivamente en el abismo de su propia destrucción.
 

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