Editorial

Rrollingas

22 de febrero de 2006


Dos millones de brasileños saturando la ancha avenida que conducía al escenario en lo alto donde actuaron los Stones. Gente que había venido cuatro días antes y acampado allí, para "no perderse" un lugar desde donde participar en la ceremonia. Otra gente pagó altas sumas solamente para mirar con un largavista las pantallas gigantes. En un país musical como Brasil, con talentos que van desde Heitor Villalobos hasta otros grandes, refinadísimos músicos como lo fueron y son Elizete Cardoso, Antonio Carlos Jobim, João Gilberto, Geraldo Vandré, Gonzaguinha, Taiguara, João Bosco, Beth Carvalho, Caetano Veloso, esto es casi una ofensa.
Que cuatro ancianos decrépitos, mediocres musicalmente, tontos, conciten la adhesión hasta el histerismo, recauden grandes cantidades de dinero por repetir monótonamente ásperos sonsonetes como "Satisfaction" u otros semejantes, sólo puede explicarse de dos maneras. O las multitudes son genuinamente estúpidas, o los Stones son verdaderamente satánicos.
 

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