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No sólo para los
pueblos pobres del mundo sino para la humanidad entera:
El capitalismo, un cáncer que hizo
metástasis
Por: Martín Guédez
El capitalismo
es incompatible, no sólo con la democracia, sino con la vida misma. La
voracidad capitalista ha destrozado el planeta. En pocos años, -un
suspiro en la historia humana- ha convertido mares y ríos en cloacas,
selvas en desiertos, la atmósfera en irrespirable y la vida humana en
una tragedia. La economía capitalista ha concentrado en las manos de
unas pocas empresas supranacionales todo el poder decisorio sobre la
vida en el planeta. El mundo actual, tras la caída del socialismo de
Estado en Europa, ha devenido en un espacio de interés exclusivo de
estas grandes corporaciones. No requieren de representatividad, no están
sometidas a las normas jurídicas internacionales, ni a conciertos sobre
derechos humanos, no presentan cuentas a nadie, no las mueve ningún
valor distinto al de la ganancia. La humanidad, y con ella el planeta,
está muriendo en sus manos.
Progresivamente la lucha por espacios comerciales, ordinariamente
protagonizada por países o bloques de países, ha dado paso a una sola
economía mundial a través de los flujos financieros y el libre tránsito
de sus mercaderías. Absolutamente nada se resiste a este vendaval de
libertinaje del capital que todo lo arrasa y cual caballo de Atila,
donde pone su pezuña no vuelve a crecer la hierba. Ha quedado atrás el
tiempo en que un país, incluso un grupo de países, podía marcar la senda
de la economía. El gobierno económico mundial ejercido en la sombra por
el G-8, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial es, apenas,
poco más que la representatividad de las grandes transnacionales
verdaderas dueñas del concierto. Para la inmensa mayoría de los pueblos
del mundo, tienen mucha más importancia las decisiones que se toman en
los bunker de las grandes corporaciones transnacionales que las acciones
emprendidas por sus propios gobiernos.
A través de la producción, el comercio, los sistemas financieros y la
globalización de la información, el mundo entero está atrapado en una
inmensa red sin salida. La deslocalización progresiva de las grandes
transnacionales, que transfieren sus actividades del Norte al Sur en
cualquier lugar del planeta, tras mano de obra barata, convierte, por
ejemplo, los esfuerzos integradores entre países en una pantomima. Los
países acuerdan y las transnacionales se posicionan. Suponen que
intercambian entre naciones y en realidad lo hacen con las mismas
transnacionales. Se intercambian automóviles, por ejemplo, con Brasil, y
en realidad se hace con la transnacional asentada en ese país.
Es la naturaleza de esta novísima etapa del capitalismo la que ha hecho
posible esta división global del trabajo presta a forzar sistemas
sociales y fiscales que le sean beneficiosos para sus únicos y apátridas
intereses monetarios. El dinero sin patria es la más escurridiza
mercancía de nuestros días. Lo predominante es la movilización de
capitales voraces siempre dispuestos a depredar, explotar y destruir si
en ello encuentran ganancia. Para este monstruo depredador todo estado
con pretensiones de soberanía es un estorbo inaceptable. Aún las
experiencias más suaves de control estatal son hoy inaceptables para
esta orgía de libertad capitalista. La liberalización del tráfico de
capitales ha permitido que en unas pocas manos sin patria ni moral,
prácticamente independientes, se concentre un movimiento de capitales
que supera con creces todas las reservas de los Banco Centrales de las
naciones.
La humanidad entera enfrenta este peligro devenido en más que una
amenaza. La humanidad y la vida toda en el planeta está en manos de unos
amorales que superan con creces cualquier otra experiencia histórica de
depredación y genocidio. La ganancia decide todas las acciones, luego
entregadas para su ejecución a los estados de las superpotencias
militares. No son los estados, -eso fue lo clásico- quienes deciden el
objetivo a invadir o anexar. Hoy estos objetivos son seleccionados en
las oficinas de las grandes transnacionales y son los estados los
encargados de ejecutar sus designios. No fue, por ejemplo, el gobierno
de Mr. Bush quien decidió el ataque a Iraq. No fue el ejército de los
EE.UU., quien decidió qué objetivos destruir. Fueron las grandes
empresas petroleras o la Halliburton quienes decidieron qué tomar o qué
destruir. Fueron las transnacionales las que pusieron la tarea. Son los
grandes laboratorios quienes deciden, incluso, qué enfermedades atacar o
cuáles ignorar. Llama la atención que la gripe aviaria haya puesto en
manos de un laboratorio un negocio superior a los dos mil millones de
dólares en tanto que, los medicamentos para el tratamiento del Sida
reciban apoyo financiero para hacerlo accesible a los pueblos más pobres
que apenas alcanza el 5%.
O la humanidad despierta y lo hace ya, o despertaremos entre los
horrores de un infierno. Hemos de construir entre todos otro mundo. Hay
que salirle al paso a esta dictadura plutocrática. Hoy, mucho más que
cuando lo expresó Rosa Luxemburgo, la consigna es más que un sueño o una
esperanza, es un grito de angustia: ¡Socialismo o Barbarie! ¡Socialismo
o Muerte! |