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La revolución bolivariana: ¿pacífica y
pendeja?
¡Ya basta! ¡Justicia
para el pueblo!
Por: Martín Guédez
Una
revolución, para que lo sea, significa al enfrentamiento con los
factores de poder tradicionales al punto de desplazarlos por los
factores emergentes. Si el poder, en todas sus formas y variantes,
continúa en manos de quienes lo han detentado por siglos, la
“revolución” podría tener algunos o muchos de los elementos de tal pero
le faltaría lo fundamental. Algo así como arroz con pollo sin pollo. La
revolución, para serlo, pacíficamente o no, tiene que arrebatarles los
privilegios a sus tradicionales propietarios hasta democratizarlos y
socializarlos.
Los privilegios no se negocian. Esa negociación va contra el instinto de
conservación de los privilegiados. Los privilegios deben ser arrebatados
en forma contundente o jamás los cederán. Pueden –porque inteligencia y
sagacidad no les falta-, aparentar que negocian, que se avienen de buena
gana al proceso de redistribución del poder, pero siempre estarán allí
con un puñal bajo la manga, calculando, manipulando y esperando –como el
caimán en la boca del caño- para lanzar la dentellada.
Sin duda, el camino pacífico elegido o signado por el destino para la
revolución bolivariana exige una alta dosis de talento estratégico.
Estoy persuadido de qué, uno de los componentes más importante de este
talento estratégico es el sentido de los tiempos. Vale decir que afectan
por igual los aceleramientos alocados como los retardos ingenuos.
Desaprovechar las oportunidades que la torpeza de la oligarquía pone en
bandeja de plata es suicida, al menos, tanto como una carrera desbocada
por la calle del medio.
La oposición reaccionaria y fascista en Venezuela ha ofrecido mil y una
oportunidades para asestarle un golpe severo. Los factores que desde los
comienzos del proceso revolucionario –al menos mediados del 2001-, han
tenido el protagonismo esencial en la conspiración contra la democracia
revolucionaria están bien identificados. Han cometido errores
suficientes como para haberles cortado las garras a estos diablos hace
tiempo. Empresarios de la desinformación, periodistas y opinadores de
oficio, sindicaleros y empresarios de maletín, y por último títeres del
viejo estamento político, han ofrecido generosamente sus cabezas, al
punto qué –al menos estos mismos personajes e intereses-, no deberían
significar nuevos peligros y asechanzas. El cúmulo de delitos es tal que
bastará una justicia medianamente diligente para sacarlos del juego.
Desespera y descorazona ver como quienes han protagonizado graves
delitos contra el Estado y los derechos humanos fundamentales, siguen
conspirando y pavoneándose de ello, siguen ofreciendo pruebas
irrefutables a través de sus propios medios de difusión, continúan
conspirando, amenazando y pervirtiendo el orden social investidos de una
patente de corso insufrible. Uno se pregunta –por mencionar sólo algunos
ejemplos-, ¿cómo es posible que la fiscalía no impute a quienes la
mañana del 12 de abril de 2002 exhibían sus gloriosas acciones a los
cuatro vientos? ¿Por qué debe seguir libre y conspirando –por ejemplo-,
un tal Víctor García, propietario de una encuestadora y una publicación
golpista, mismo quien con picardía reivindicaba las acciones destinadas
a “tener a Chávez en Venezuela, porque lo necesitábamos aquí”, o cómo el
11 en la noche había “instalado el puesto de comando en Fuerte Tiuna”?,
¿No es un hecho “público y notorio” y una prueba suficiente el vídeo de
ese programa?, ¿Cómo no se cita a Otto Nehustal quien estaba en la
oficina donde se gravó el vídeo profético que anticipaba los muertos
antes que ocurrieran? ¿Cómo no se imputa a los canales y los periodistas
de Venevisión, Globovisión, RCTV, Televen, etc., que estaban “cubriendo”
ese pronunciamiento y supieron –igual que Nehustal-, que estaban allí
apañando una masacre? ¿Conocer una matanza y no hacer nada por evitarla
no es complicidad?
La Fiscalía General de la República tiene una grave deuda con el pueblo
venezolano. La justicia en general tiene que acabar con esa impunidad
que estos delincuentes hoy –con descaro infinito-, reclaman. El listado
de aberraciones es largo y sólo menciono una perla. Si esta gente
hubiese recibido el castigo que la ley –la burguesa, la de ellos- prevé
para tales delitos el pueblo venezolano se habría evitado el horror del
sabotaje petrolero, las guarimbas y esta guerra psicológica terrible de
todos los días. Habría bastado con jugar de acuerdo a sus propias
reglas. La Revolución Bolivariana puede ser pacífica lo que no puede es
ser bobalicona. El pueblo venezolano no debe seguir estando sometido a
esta guerra diaria cuando la justicia tiene todos los argumentos en las
manos para imponer la paz. El Estado no puede permitir nuevos 11 para
que el pueblo heroicamente salga un 13. La consigna tiene que ser no más
11. La justicia venezolana está en mora y debe pagar esta deuda, no
hacerlo será suicida. Si la justicia actúa –dentro del marco de la
constitución y las leyes-, nos evitaremos el carnaval de sangre y
violencia que preparan para los días de diciembre y enero próximos. No
hacerlo es criminal.
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