|
La historia es un
profeta que mira hacia atrás
Un pueblo que no
aprende de sus errores está condenado a repetirlos.
Por: Martín Guédez
Ver
historiadores mostrar sorpresa y escepticismo ante la amenaza de
invasión a Venezuela por los EE.UU., es una experiencia surrealista. Se
restriega uno los ojos. Mira para arriba buscando luz y no se encuentra,
tal es el desconcierto. Porque si la amenaza viniera de unas hermanitas
de clausura o en todo caso de un país sin tradición guerrerista podría
prestarse a confusión, pero estando nada más y nada menos que los EE.UU.,
detrás de la gracia, no alarmarse -además de una soberana estupidez-,
supone al menos dos probables actitudes: a) Se tiene un total
desconocimiento de la historia; b) Se es cómplice del agresor.
La historia latinoamericana está plagada de invasiones, golpes de
estado, magnicidios y otras minucias por parte de los EE.UU. ¿Cuándo?
Pues cada vez que este imperio siente amenazado el más leve de sus
intereses. Desde bananos, pasando por caña de azúcar, hasta cobre o
petróleo. El 28 de abril de 1965, EE.UU. invadió la República Dominicana
bajo el pretexto de la presencia de unas pocas decenas de supuestos
comunistas entre las fuerzas que combatían al gobierno de facto de
Donald Read Cabral.
En este caso y para que nadie se llame a engaño -porque hay quienes
suponen que EE.UU., es así porque está gobernando el ultraderechismo
republicano-, la orden provino de un presidente estadounidense
demócrata, Lyndon B. Jhonson. Éste envió en un santiamén la 82 División
Aerotransportada a violar por segunda vez en el siglo XX la soberanía de
la República Dominicana. ¿Representaba este grupo de supuestos
comunistas un verdadero peligro para los EE.UU.?. Depende de cómo se
vea. Objetivamente la reducida presencia de unos cuantos supuestos
comunistas no podía significar peligro alguno para la potencia militar
más grande del planeta, sin embargo, subjetivamente sí. El imperio no
invadió República Dominicana para terminar con estos pocos camaradas. La
razón estaba en la aniquilación del movimiento popular antiimperialista
y el envío de un mensaje claro para los movimientos insurgentes que
tenían lugar en Venezuela, Perú o Colombia.
Urgía demostrar que el ejemplo cubano no se repetiría en ningún otro
país de “su” América. Si para enviar ese mensaje había que pasar por
encima de la soberanía de un país o asesinar a miles de personas ellos
lo harían, y lo hicieron. La vocación imperialista de los EE.UU., no
tolera desafíos a su inquebrantable voluntad por mantener su dominio en
esta parte del hemisferio considerado como de su propiedad. La invasión
solo fue el inicio de la operación de aniquilamiento que se había
propuesto -como ejemplo severo-, el imperio. Bajo la tutela y
encubrimiento de las tropas internacionales, que nunca faltan para
legitimar invasiones, grupos armados al servicio de la inteligencia
gringa iniciaron una cacería despiadada de miles de patriotas
dominicanos.
Este mes recordamos la invasión a la Guatemala de Jacobo Arbenz y la
sangrienta represión que sobrevino con ella. Hoy echamos una mirada
hacia esta invasión ejecutada diez años después. Tanto en estos dos
casos, como en cualquiera de los otros que iremos recordando, el imperio
no requirió excusas. El fin fue y es siempre el mismo: Destruir toda
forma de expresión antiimperialista en su patio trasero. Olvidar esto es
suicida y sólo la complicidad puede obviar la amenaza. Venezuela sufre
ya las acciones previas al zarpazo. En esas acciones se inscribe la
guerra de cuarta generación psicológica que adelantan con ferocidad
desmedida los medios privados de desinformación. Allí está inscrita esa
lucha por la indignidad universitaria que adelantan cuatro rectores
mafiosos. ¡Jamás -que yo recuerde-, había visto una hora más menguada y
oscura en la historia de nuestras universidades!. En ese plan están
inscritos los asesinatos por vía del sicariato que estamos presenciando,
curiosamente, moteando todo el mapa de la patria. En esa estrategia
global está el slogan de la campaña del candidato Petkoff, “por una
Venezuela sin miedo”.
Una de las consecuencias más trágicas que traería para todos una derrota
de la revolución ante estas fuerzas, sería la inauguración de una nueva
estrategia de contrainsurgencia continental que atomizaría las fuerzas
populares a todo lo largo y ancho de nuestra América. No es pedantería
afirmar que en Venezuela se juega el destino de América. No sólo
sufriríamos en Venezuela una represión que haría ver como un juego de
niños lo ocurrido en el Cono Sur con sus 30 mil muertos y desaparecidos
sino que, millares de dirigentes, militantes y colaboradores de la causa
popular serían asesinados en toda América. Se impondría un tránsito de
dolor en el cual, como siempre, a nuestros cuerpos represivos nacionales
les correspondería el deshonroso papel de verdugos.
Esto debe tenerse muy en cuenta. Sólo activando el poder popular y
promoviendo su organización para la defensa podemos vencer. Sólo
profundizando el proceso de cambios hasta desactivar las quintas
columnas que actúan desde la corrupción, el burocratismo, la ineficacia
y en general la profusión de antivalores se podrá detener la agresión.
Hay que desarmar de argumentos la estrategia desestabilizadora de la
contrarrevolución. Hay que utilizar de una vez por todas la fuerza de la
ley para meter en cintura y desalentar al cipayismo criollo. La
constitución y el poder popular brindan las herramientas. A los medios
–auténticas divisiones blindadas del imperialismo-, no se les puede
permitir que continúen sembrando el terror. Ese es un asunto de grave
interés nacional. La constitución prevé el Referendo Consultivo para
tomar decisiones definitivas contra esta guerra diaria. No se puede
esperar que CONATEL revise las concesiones. Cuando oigo eso me da
sarpullido. Me suena a las “investigaciones hasta las últimas
consecuencias” de la Fiscalía General de la República. Ya pasaron cuatro
años del golpe de estado; más de tres del criminal sabotaje petrolero;
más de dos de las guarimbas y vamos para los dos años del asesinato de
Danilo, y continúan paseándose los culpables como pavos reales de canal
en canal de televisión llamando a la violencia sin que nadie se atreva,
simplemente, a pasarles un vídeo como prueba pública y notoria de sus
delitos. Ojalá y lo gritado –porque fue un grito más que una proclama-,
por El Libertador en el Manifiesto de Cartagena (1812) no termine
convertido en realidad sólo que, no para llorar la muerte de la Primera
República sino la de esta, aún niña y frágil, Quinta República. |