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Por: Jorge Eduardo Rulli
Las
disputas en relación con los recursos naturales y por la preservación de los
ecosistemas, el petróleo, el gas, el agua, los minerales, el suelo y la
biodiversidad, se han transformado en una razón ineludible y prioritaria
para el ejercicio de la política, aunque todavía muchos políticos aún no
puedan o no quieran verlo. Así como durante muchísimo tiempo, cuando todavía
se creía que los recursos eran inextinguibles, las preocupaciones giraban en
torno a lo social, hoy sería necio y hasta malicioso pretender separar lo
social de lo ecológico. Más aún todavía, cuanto más se acumulan evidencias
de la crisis planetaria producida por el Capitalismo Global y en especial
del calentamiento planetario y el decrecimiento de los casquetes polares, lo
ecológico deviene más y más preocupante y se hace evidente que planear lo
social sin la certeza de poder mantener la vida sobre el planeta, se torna
sencillamente en un disparate demencial.
No obstante, son muchos y en especial desde la izquierda, quienes continúan
ignorantes y despreciativos de una dimensión de lo humano cada vez más
apremiante, la del mero sobrevivir como especie sobre el Planeta. Recuerdo
ahora una anécdota que me contó un compañero chileno, exiliado en Suecia al
igual que yo durante los años ochenta. Como tantos otros latinoamericanos,
ya sea por solidaridad internacional cuanto por falta de buenos empleos en
Suecia, se había anotado en las organizaciones del voluntariado sueco al
África negra y le tocó cumplir tareas durante algunos años en la Isla de
Madagascar. Como técnico asignado al asesoramiento de un Ministro, debió
participar en discusiones sobre el desarrollo y en especial debatir con los
ingenieros rusos sobre la instalación de fábricas provenientes de la URSS.
Desde ya que esas fábricas eran obsoletas, aún para aquellas lejanas épocas
de fines de los setenta y principios de los ochenta, y que en realidad se
trataba de unidades fabriles descartadas por no cumplir con ninguno de los
estándares mínimos de seguridad, de aprovechamiento energético y de no
contaminación ambiental. Pero, y a pesar de que generalmente estas fábricas
implicaban impactos letales para los trabajadores y para las poblaciones
vecinas, los técnicos rusos defendían obcecadamente su instalación en
homenaje a una idea del progreso y del crecimiento que, desde su óptica
marxista se consideraba indubitable y solían menoscabar los riesgos como
males accesorios e inevitables. En una oportunidad, me contó mi amigo
chileno, que las discusiones con los rusos se hicieron durísimas, porque las
fábricas que llegaban eran realmente calamitosas y de verdadero y grave
riesgo ambiental. Se discutió durante semanas sin que los ingenieros rusos
ni los equipos locales, cedieran en sus respectivas posiciones, hasta que un
día el jefe de la misión soviética cortó el debate con una frase brutal
digna del Senador Fernández Huidobro del Uruguay, “he leído toda la obra de
Marx” les dijo “y en ninguno de sus libros se afirma que el mundo habrá de
ser eterno...”
Marx como Engels fueron hijos de la modernidad. El mundo cultural en que
vivieron daba por sentada la idea del progreso ilimitado, y el Capitalismo
en aquel siglo XIX no era sino apenas una pequeña mancha de tinta que sobre
la geografía incierta del globo terráqueo se expandía sobre el enorme
espacio de las colonias y de las tierras vírgenes a conquistar. Por ello es
que Marx prioriza tres criterios básicos sobre los que asienta su reflexión
y ellos son: el Capital, el trabajo y la renta de la tierra. Desde una
mirada eurocéntrica y arraigada a las culturas centro europeas, su
pensamiento era coherente con la propia historia y se esforzaba por darle un
sentido a las luchas obreras de la época. En Europa ese pensamiento ha ido
evolucionando a tono con las nuevas circunstancias del fin de la modernidad
y en un continente que vive en el rojo ambiental y asediado por desastres
como Chernobyl y la lluvia ácida. Los partidos comunistas europeos comienzan
a replantearse algunos de los presupuestos básicos del marxismo a partir del
Mayo francés y de la invasión soviética a Praga, de manera tal que ya en los
setenta se instalan profundos debates que posibilitan tomar conciencia del
agotamiento cultural de la modernidad así como de la necesidad de revisar
las relaciones con la Naturaleza. De hecho, en los años ochenta la mayor
parte de los partidos comunistas europeos se han hecho explícitamente
verdirojos. James O Connor, uno de los coordinadores de la Revista Ecología
Política en Barcelona, en el año 1990 nos dice: “El punto de partida de la
política verdiroja es que hay una crisis ecológica y económica global; que
la crisis ecológica no puede resolverse sin una transformación radical de
las relaciones de producción capitalista; y que la crisis económica no puede
resolverse sin una transformación radical de las fuerzas de producción
capitalista. Esto quiere decir que las soluciones a la crisis ecológica
implican soluciones a la crisis económica y viceversa”.
¿Qué ocurre mientras tanto con la izquierda en América Latina? Como todo
proceso de transplante la izquierda marxista parece haber sufrido en
nuestros países y con meritorias excepciones tal como la de Mariátegui, un
fenómeno de cristalización, un síndrome de folklorización, que la ha
detenido en el tiempo y que la condena a una visión del mundo anacrónica o
congelada. Recordemos que ya en la película Tiempos Modernos, en el
transcurso del año 1935, Chaplin esboza una crítica a la concepción del
instrumento técnico como bueno en sí mismo, crítica que de hecho cuestiona
el determinismo tecnológico y a la asociación hasta entonces indiscutida
entre tecnología, progreso y vida mejor. Sin embargo, hoy pueden escucharse
discursos de la izquierda que sorprenden por la capacidad de mantener
incólumes las viejas lealtades del marxismo a las ideas del siglo
diecinueve.
Antes de ayer en el Hotel Bauen recuperado, en un concurrido acto contra las
papeleras, dos uruguayos residentes en la Argentina, intentaron abiertamente
descalificar las palabras y los argumentos de nuestro amigo Ricardo Carrere
del Grupo Guayubira, quien le explicaba a un público numeroso y atento, el
sentido de la instalación de estas empresas sobre el Río Uruguay, y más allá
de las críticas comunes respecto a la contaminación de las aguas y del aire,
se explayaba en forma didáctica sobre las relaciones de dependencia global
que habrá de imponernos el modelo de los monocultivos de eucaliptos y de
pinos. Los dos uruguayos parecían realmente enardecidos e indignados por la
exposición de Carrere casi como si estuviera cometiendo una traición a su
patria, y debieron al fin ser retirados del salón a pedido del público que
pretendía continuar escuchando al expositor.
Me acerqué a los dos protestotes, cuando se marchaban expulsados del Bauen y
con el ánimo de saber cuánto tenían de auténticos y cuanto de provocadores.
En otra época podríamos habernos contentado diciendo que estaban enviados
por las empresas... Aparentemente, no era el caso. Ambos, un matrimonio de
edad mediana, se me manifestaron marxistas, según me dijeron, estuvieron
alguna vez secuestrados en Orletti, el chupadero del barrio de Floresta por
donde pasaban los uruguayos detenidos en la Argentina, y según ellos el
tener compañeros desaparecidos y ser militantes de izquierda los avalaba,
les daba autoridad moral y tanta santa indignación como para afirmar que
todo lo que se decía era una patraña, que en realidad no se quería dejar
desarrollar económicamente al Uruguay y que se lo ahogaba con excusas
ecológicas cuando habiendo un gobierno de izquierda las empresas ofrecían
generar empleos, que la gente quiere comer y no ecología… etc., etc. Los
escuché y me impresionaron sus convicciones de supuesta izquierda y a la vez
su absoluto desprecio por el medio ambiente y por los modelos de la
dependencia, y eso fue peor que saberlos pagados por las empresas… Penoso,
penosa nuestra pobre izquierda colonial definitivamente impedida de
comprender el mundo globalizado. Hoy, con estrecha visión provinciana,
pretenden consumar las tareas inconclusas de la burguesía en el siglo
pasado. Otra vez James O Connor en el numero dos de Ecología Política nos
dice: “En mi opinión el socialismo marxista se define a sí mismo como un
movimiento que puede completar la tarea histórica de hacer realidad las
promesas del capitalismo”.
Parece una locura propia del escenario neocolonial pero no lo es. La mayor
parte de la izquierda continua predicando el productivismo, el crecimiento,
rindiendo culto a la gran escala y al urbanismo desmesurado que nos agobia.
El grueso de la izquierda ignora o desprecia la ruralidad y se desinteresa
del valor político de los alimentos. No pueden abandonar las categorías del
empleo y del salario e insisten en proponer trabajo asalariado cuando es
evidente que esa etapa ha concluido en el mundo. Lamentablemente, debemos
reconocer con lucidez y con anticipación estas realidades. Las próximas
luchas serán contra el Capitalismo Globalizado, contra las transnacionales y
para evitar el fin de la vida sobre la tierra. Pero lo sorprendente es que
en esa pelea contra el antropocentrismo absoluto y excluyente, en esa pelea
por la vida y para que la tierra vuelva a ser el hogar del hombre y para que
vuelva a producir comida para los hambrientos y desnutridos, y no materias
primas, combustibles o cosméticos, como ahora los progresistas lo pretenden,
en esa pelea deberemos enfrentar a nuestras recalcitrantes izquierdas post
modernas y neocolonizadas. Preparémonos porque no será fácil y porque
pagaremos terribles tributos emocionales al tener que denunciar a muchos que
fueron nuestros compañeros de militancia y hasta de cautiverio. Y me temo
que muchos héroes de ayer habrán de derrumbarse tal como ya está
aconteciendo en muchos lugares del continente…
Pero además tengo otras reflexiones o interrogantes acerca de este presente
y de este probable porvenir que nos aguarda. Me pregunto, ¿esta izquierda
devenida desarrollista, que comulga con las tecnologías de punta y con la
idea de progreso indefinido, esta izquierda que nos propone chimeneas en
lugar de Soberanía Alimentaria, ¿es capaz de consumar sus propuestas o
solamente vive en el territorio del discurso? Todo un tema, ¿verdad? Cuando
nos dicen que están reposicionando al Estado, lo están reconstruyendo o
acaso están solamente haciendo enunciados de intenciones? Cuando reasumen el
manejo de los recursos o de los servicios, los reasumen de verdad o
solamente organizan entes burocráticos que negocian con las transnacionales
y redistribuyen las cuotas leoninas del saqueo? Cuando reordenan la
economía, en verdad hacen algo más que legitimar a las grandes corporaciones
adueñadas de la producción y del mercado, y negociar con ellas en los
márgenes mínimos posibles de una economía secuestrada por los oligopolios y
las cadenas agroalimentarias?
En un libro que se llama “Argentina rumbo al colapso energético” y que puede
bajarse de Internet en la página correspondiente a la Universidad del
Salvador, Ricardo Andrés de Dicco, nos anticipa que como resultado de la
actual política de explotación irracional de los recursos, nuestras reservas
tanto de gas como de petróleo, estarían agotadas en menos de una década. Lo
que viene según él, inexorablemente en la Argentina, seria una gravísima
situación de colapso energético a la vez que una importante dependencia
nuestra en esa materia de Bolivia y de Venezuela, con la consecuencia de
graves distorsiones en la competitividad del aparato productivo nacional.
Según los diagnósticos de de Dicco, hacia el 2020 el suministro eléctrico
del país deberá cubrirse en un 62% por centrales nucleares, 36% por
centrales hidráulicas y 2% restante por granjas eólicas y ello implicaría la
construcción antes de esa fecha de once nuevas centrales nucleares, dos
represas hidroeléctricas internacionales, la de Garaví y la de Corpus
Christi, además del desarrollo de granjas eólicas y plantas de producción de
biocombustibles para uso local y de la agricultura.
Bueno, en principio este plan pareciera una absoluta fantasía y no pretendo
discutir en este editorial, las bondades o riesgos de ciertas tecnologías
que, seguramente de intentar ser implementadas suscitarían movimientos
masivos de protesta ciudadana que, en este caso el autor ni se plantea, sino
que me refiero a la sola dimensión de las obras que se nos proponen para
evitar la crisis muy cercana, como consecuencia de un consumo creciente de
energía y de la declinación creciente también, de nuestras propias fuentes
de aprovisionamiento. Es que alguien cree que podríamos tener un gobierno
capaz de cumplir con la décima parte de esas metas? Podemos creer que esta
clase política puede generar los estadistas necesarios como para implementar
semejantes políticas de desarrollo?
Cada mañana pasamos frente al túnel inconcluso que bajo las vías del
Sarmiento intentó llevar a cabo el Municipio de Ituzaingó y el Gobierno de
la Provincia de Buenos Aires y que estaba proyectado para ser inaugurado
antes de las elecciones del año pasado. Y cada mañana pienso en la asombrosa
estulticia, en la corrupción y en la ineptitud de nuestros funcionarios.
Para esa obra menor que al igual que tantas otras que se llevan adelante,
bien podría haberse hecho con recursos propios del Municipio, se necesitaron
en cambio fondos del BID que, por supuesto, fueron a aumentar nuestra deuda
externa; pero no solo eso, sino que por razones diversas no se conformó a
los vecinos a los que debía indemnizarse para permitir la boca de salida del
túnel, y entonces la obra se suspendió hasta que fue posible hacer otro
diseño.… y en eso está todavía después de varios meses el proyecto de túnel,
y es posible que algún día se inaugure, si no surgen nuevos problemas, en un
municipio con un Intendente setentista, alguna vez procesado y más tarde
maravillosamente desprocesado, un municipio siempre al borde de la crisis
institucional.
Y no creo que estas situaciones sean sólo un problema de nuestro país, sino
que probablemente expresen problemas propios de la etapa y de los procesos y
configuraciones de la izquierda y del populismo, de sus dirigencias y de la
extracción de clase de esa dirigencia. Por lo que vimos en Venezuela,
nuestro diagnóstico podría asimismo extenderse a ese país hermano a cuyo
actual proceso vemos con enorme simpatía, pero donde según parece, los
grandes planes suelen empantanarse entre visiones macro del desarrollo que
no contemplan la preservación del medio ambiente, la corrupción y la
incompetencia en la gestión propia de nuestros funcionarios. Tal vez Bolivia
pueda ahora con el nuevo Gobierno, mostrar otro rumbo. Estamos expectantes
al respecto, y confiamos en la base de sustentación profundamente americana
del gobierno andino, para que se impulsen otro tipo de políticas, políticas
que sean rectoras para el Continente. En la Argentina, nos continúa
sorprendiendo esa isla de la reconstrucción del Estado que son los
astilleros obreros de Ensenada, y en especial impresiona la figura del
ingeniero Angel Cadelli, héroe mítico de la preservación obstinada de una
memoria del trabajo nacional, que la dictadura militar y el menemismo no
pudieron derrotar.
Editorial de Horizonte Sur del 4
de febrero de 2006
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