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La cancelación de la deuda con el FMI: el final de una etapa

El pago total de lo adeudado al FMI anunciado por el presidente Kirchner el pasado 15 de diciembre es la culminación de una etapa signada por conflictos y diferencias con dicho organismo, que se iniciaron desde que asumió este gobierno.

Por: Isaac "Yuyo" Rudnik

@DIN

Las primeras declaraciones del director general Rodrigo de Rato apoyando la medida -obviamente era difícil oponerse a recibir un pago al contado de semejante magnitud- no alcanzan a ocultar el profundo desagrado del establishment financiero internacional y de sus principales voceros locales. Más allá de los matices, todas las manifestaciones expresan la preocupación por el margen de independencia ganado por el gobierno argentino comparado con los condicionamientos que históricamente debieron aceptar las administraciones anteriores ante cada refinanciación de los montos adeudados con ese organismo financiero. Algunos directamente aludieron a una inmediata "izquierdización de la política económica", otros prefirieron advertir sobre los peligros de futuros desbordes en el gasto público. Para estos últimos la respuesta llegó en menos de veinticuatro horas, cuando en un acto con el gremio de la construcción el presidente anunció la puesta en marcha de un nuevo plan de 11 mil viviendas en todo el país, e insistió en la continuidad de la inversión pública como protagonista de la dinamización de la economía.

El rol del FMI y la relación con este gobierno

Desde hace muchos años el FMI juega el papel de monitorear, en nombre del poder financiero internacional, las políticas económicas de los países que caen bajo su órbita. Así, lo peor de las recetas neoliberales fue incorporado a su decálogo básico, y repetido sin cambios en todas las "recomendaciones" de los burócratas encargados de negociar con los gobiernos de nuestro país. Privatizaciones, apertura irrestricta de nuestras economías, libre flujo de capitales, sometimiento a la jurisdicción de los tribunales de los países centrales en caso de conflicto, etc. fueron algunos de los compromisos asumidos en las "cartas de intención", firmadas en las sucesivas refinanciaciones solicitadas para las cuotas de la deuda que se vencían y no se podían pagar. Por eso siempre estuvo claro que la intención real del FMI no era cobrarse el total de la deuda, sino mantenerla y acrecentarla mediante nuevas refinanciaciones bajo condiciones que eran leoninas, no sólo por los intereses que se agregaban, sino porque significaban pasos en dirección de asumir el control del conjunto de la política económica nacional, imponiendo medidas que después se iban monitoreando mes a mes. Este proceso se aceleró y consolidó durante toda la década de 1990, hasta la llegada de este gobierno a la Casa Rosada.
Algunos dicen equivocadamente que, con los republicanos en el gobierno de los EEUU, éstos impulsaron el cambio de objetivos para el FMI, buscando que éste pase a exigir los pagos que se le adeudan por encima de su papel de monitoreo. Esto es una grave confusión, pues en realidad lo que impulsan los republicanos es un endurecimiento de las condiciones para las susecivas refinanciaciones. Sus críticas a la conducción del FMI por el manejo de las crisis es porque los acusan de "blandos", cuestionando lo que ellos llamaban las políticas "rescatistas" que se sostuvieron durante el gobierno de Clinton, y que apuntaban a darle una cierta "gradualidad" a los ajustes. Bush impulsa un tratamiento más drástico ante cada situación, y en el caso de Argentina, el G7 explícitamente declaró más de una vez a lo largo de todas las pulseadas con este gobierno que era condición indispensable el acuerdo con el FMI, reafirmando contundentemente su rol de monitoreo.
A principios de este año decíamos: "Obviamente, la disputa con el poder económico de los noventa, cuyo representante privilegiado y excluyente sigue siendo el FMI -que cuenta con el apoyo irrestricto del G7-, no pasó, ni pasa, solo por la negociación alrededor de las cuotas de la deuda pública, sino que abarca otros temas puestos por el organismo multilateral en el mismo plano de importancia: la privatización de la banca pública, los aumentos de las tarifas, una reforma impositiva para tornar aún más regresivo el sistema actual. En definitiva, los reclamos con que se sentaron a negociar al día siguiente que asumió Kirchner son los mismos con que apretaban y hacían hocicar a De la Rúa.
En el marco de una política económica que promovió el crecimiento sobre el desarrollo del consumo del mercado interno y la integración del mercado regional, el gobierno encaró entonces una estrategia que consistió en mantener los pagos al FMI, rechazó los requerimientos sobre la política económica que afectaban el crecimiento del mercado interno (lo cual desembocó en la suspensión del acuerdo vigente en setiembre del año pasado) y propuso un plan de pagos a los tenedores de bonos que, por un lado, implica una quita importante y, por otro, traslada hacia adelante los plazos de pago de intereses y capital, con el argumento explícito y público de que no se va afectar la marcha de un proyecto que está produciendo crecimiento económico y redistribución de ingresos" ("No pagar con el hambre del pueblo", febrero de 2005).

Después de la suspensión de la discusión con el FMI sobre la política económica a seguir, llegó el resultado del canje con los tenedores privados de bonos que arrojó una reducción del 75%, operación que contó con la oposición abierta del FMI y del mismo G7 durante todo el proceso de negociaciones. Por su lado, la economía nacional no dejó de crecer mientras se viene produciendo una lenta pero innegable redistribución de ingresos.

Los mitos y la realidad

Y aquí conviene detenerse en el análisis de algunos mitos que reproduce sin fundamentos serios alguna prensa de izquierda y de derecha, llamativamente en forma coincidente.
El primero es el del superávit fiscal y para qué se usa. La experiencia de los "golpes de mercado" como recurso de los grupos financieros para apretar a los gobiernos para que aceleren los cambios que ellos reclamaban es bastante profusa en nuestro país. Alfonsín, el propio Menem en sus primeros meses y De la Rúa son ejemplos de cómo resolvieron rápidamente los monopolios financieros algunas controversias menores en ese período, no sólo para cambiar desiciones económicas sino para voltear al mismo gobierno si evaluaban que no les era del todo útil. La voluntad de este gobierno de marchar a contrapelo de las recomendaciones "razonables" del FMI no podía asentarse sólo sobre la base del consenso político que fue ganando, sino que requería de un respaldo financiero indispensable que le permitiera desalentar cualquier maniobra desestabilizadora. Maniobras con las que no dejaron de amagar en ningún momento, y que van desde los permanentes intentos para cambiar la relación peso-dólar, buscando apreciar el peso y achicar el saldo exportador, hasta los aumentos de precios que impulsan artificialmente el crecimiento inflacionario, pasando por una inmediata minicorrida al dólar después del anuncio de pago al FMI que obligó al Banco Central a intervenir en el mercado. Hay que decirlo con toda claridad: en este contexto adverso no hay política económica soberana sin un importante superávit fiscal que el gobierno pueda manejar con las manos libres.
Y aquí viene el segundo mito, que dice que este gobierno le ha reconocido al FMI su carácter de acreedor privilegiado y es el que más le ha pagado en toda la historia de nuestra relación con él. Lo dijimos y lo reiteramos: repetir como loro lo de "acreedor privilegiado" obviando el marco de conflicto por negarse a implementar los aumentos de tarifas, por no privatizar la banca pública, que va jugando un papel cada más fuerte para el crecimiento económico, por no acceder a reavivar las negociaciones para el ALCA, por oponernos a la profundización de la apertura económica en el marco de la OMC, es por lo menos una lectura parcial, por no decir malintencionada. No creemos que el FMI haya buscado saldar totalmente la deuda y quedar fuera de la discusión de nuestra política económica. Quizás, como dicen algunos, necesitaba "bajar el nivel de exposición", pero detrás de este argumento lo principal era el endurecimiento de las condiciones para renovar financiamiento. Y hay varios que deben estar lamentándose por haber perdido este paraguas protector, entre ellos las privatizadas que pugnan por aumentar sus tarifas y los fondos buitres que se quedaron fuera del canje de bonos.
Y el último mito es aquel sobre el "mejor pagador". Entre 1976 y 2000, según datos del Banco Mundial y del BCRA tomados del libro La deuda o la vida de Eric Toussaint en la parte de su análisis sobre la Argentina, se pagaron 212.280 millones de dólares, lo que arroja un promedio de 8.500 millones al año. En los últimos cuatro años se pagaron 19.000 millones, lo que arroja un promedio bastante menor. Aún contabilizando ahora los 9.800 que se cancelarán antes de fin de año, estamos por debajo del promedio del último cuarto del siglo pasado. No es para alegrarse, ya que son cifras enormes, y lo son aún más en relación a las tremendas necesidades que padecen las mayorías populares y a la ilegitimidad e ilegalidad de la propia deuda que estamos pagando. Pero es igual que cuando analizamos los índices de indigencia y pobreza que padecen millones de argentinos: sabemos que es una injusticia que no nos merecemos, pero no dejamos de resaltar que durante este gobierno esos índices se redujeron, al igual que los de la desocupación. Éste es el camino que estamos recorriendo en medio de inmensas dificultades. Y si alguien en el mundo o en América Latina tiene resultados mejores para mostrar en el camino de resolver las tremendas secuelas que nos dejaron décadas de neoliberalismo en un tiempo tan corto como el que nosotros llevamos con el gobierno del presidente Kirchner, que venga y nos los muestre. Estamos dispuestos a intercambiar experiencias y a aprender caminos mejores.

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