La última vez que ingresamos al sector occidental del Parque Nacional Madidi, volvimos destrozados, cargados de angustia y con los
sentimientos mezclados. No pudimos acceder a la región del Pukamayu por
un motivo que siempre estuvo en nuestros cálculos y en nuestras
pesadillas más siniestras pero que en octubre del año pasado se había
vuelto una realidad inquietante: la presencia de madereros y la eclosión
de motosierras en la zona. Fue entonces que denunciamos de manera
pública lo que estaba sucediendo.
Álvaro Díez Astete empezó a acuñar aquello de la necesidad de una
“antropología de urgencia”. Todos proclamamos a uno que había que salvar
a los Toromonas. Si existe un grupo humano habitando al interior del
valle del Colorado, como venimos intentando probar desde el año 2000 y
que es conocido históricamente con el nombre de Toromonas, hoy viven en
mayor peligro que nunca, están amenazados de verdad, corren riesgo de
contacto violento, de muerte, de desaparición física. Es urgente actuar
para protegerlos.

Como recordarán, la denuncia cayó como una bomba, gracias al compromiso
periodístico de Walter Chávez y de Miguel Lora, editores del quincenario
El juguete rabioso de la ciudad de La Paz. Sacudió las estructuras
burocráticas con las cuales se manejaba la preservación del medio
ambiente en Bolivia, movió algunas fichas y rebotó en infinidad de
instancias que vieron con preocupación lo que estaba ocurriendo en esos
bosques remotos de la Amazonía boliviana. Una de esas instancias fue la
propia Federación Internacional de Guadaparques donde se destacó nuestro
empeño de no acusar al eslabón más débil de la cadena de preservación
–que son los propios guardaparques- y sí a un sistema carente de
soluciones reales para conjugar en el mismo lazo respuestas a la pobreza
y protección de la naturaleza. Aquí nos amenazaron y buscaron
intimidarnos pero no pudieron: hasta los vuelcos de la historia se
conjuraron para enterrarlos junto con su ineficiencia.
El 18 de diciembre, voto del pueblo mediante, todo cambió en el corazón
de Sudamérica: se dio vuelta la tortilla, se cayó la estantería para
algunos y otros muchos empezaron a abrir los ojos. Finalmente, un indio
había ganado las elecciones democráticas de forma amplia e
incuestionable y ocuparía el cargo de Presidente de la República. Desde
ya, nosotros confiamos en Evo Morales Ayma y sus equipos. Confiamos no
sólo porque la sensibilidad de los nuevos gobernantes es diferente desde
la cuna sino también porque sabemos de la vocación gubernamental por un
cambio en la propia Amazonía y que esa vocación está amarrada al cambio
fundamental: que sean los mismos pueblos indígenas amazónicos quienes
sean sus protagonistas.
Esto -ya lo expresamos en otras ocasiones- llegaría para saldar una
deuda histórica: el daño causado a los pueblos amazónicos por la
indiscriminada explotación de sus recursos naturales. Un verdadero
genocidio se desató contra ellos a finales del siglo XIX y a principios
del siglo XX con la extracción desenfrenada del caucho. Luego fueron
perseguidos por las sectas religiosas fundamentalistas, por los narcos,
por los madereros, por los cazadores furtivos, por los colonos y siempre
fueron olvidados por el Estado.
Hoy desearíamos que esa memoria sea reivindicada y que la acción de
gobierno llegue especialmente a esos pueblos que se encuentran en una
situación de extrema vulnerabilidad en sus condiciones de existencia y a
aquellos pueblos que viven aún en aislamiento voluntario. Uno de esos
pueblos son, precisamente, los Toromonas.
* * *
En este nuevo contexto, no podíamos estar ausentes.
Ante todo, por la urgencia que manifestamos de la necesidad de realizar
acciones que prueben de manera objetiva la existencia o no de un grupo
humano aislado al interior del valle del río Colorado y si esto es así,
la consecuente adopción de medidas para garantizar su seguridad y sus
derechos humanos. Después, porque deseamos colaborar con las nuevas
autoridades en la identificación de esta problemática, en su instalación
como un tema de agenda nacional y en sus proyecciones futuras como es el
nuevo marco constitucional que se empezará a debatir en Bolivia a partir
del 6 de agosto próximo.
Esto se convierte para nosotros en un imperativo moral, más allá del fin
noble y justo que perseguimos.
Creemos que si Bolivia está cambiando, lo más importante debe ser la
recuperación de su ajayu, de su alma y su ser nacionales, bastardeados
con tantos siglos de exclusión y de negación de la identidad.
Los Toromonas, que con las armas en la mano y acaudillados por el mítico
Tarano, enfrentaron con ardor a los conquistadores españoles en sus
intentos de penetración y de ocupación de la Amazonía, no sólo son parte
de la historia y de la identidad de la comunidad nacional boliviana sino
que son parte de la fuerza, del espíritu, del corazón del ser boliviano.
Tarano debería ser recordado en manuales y monumentos como lo que fue:
un líder de la resistencia anticolonial y los Toromonas como un ejemplo
en la defensa del territorio, la soberanía, la patria.
Por analogía y no por casualidad, los españoles comenzaron a llamar a la
antigua región de Apolobamba como la provincia de Caupolicán, en
recuerdo al aguerrido cacique araucano que tuvo a maltraer a los
europeos invasores. Tarano –cuya existencia histórica está fuera de toda
duda- debería ser recordado no sólo como Caupolicán y como Lautaro, sino
como Manku Inka, Tupak Amaru, Tupak Katari y todos los grandes rebeldes
que condujeron la resistencia contra los opresores. Esto cobra mayor
relevancia aún en la posibilidad histórica de que hayan sobrevivido a un
genocidio vergonzante.
Por todo ello, y porque la voluntad no debe ceder jamás, es que hemos
convocado a la realización de la quinta versión de la Expedición Madidi,
que esta vez se denominará también Proyecto Toromonas y esperamos
retomar el camino en agosto del presente año.
Con Álvaro Díez Astete, hemos elaborado el proyecto que cuenta con el
respaldo institucional de la Dirección Nacional de Arqueología de la
República de Bolivia. El objetivo central es certificar la existencia de
la etnia conocida en los anales y en las comunidades mestizas de las
zonas adyacentes a su territorio con el nombre de Toromonas.
En estos momentos, desde Oruro a Sandia, pasando por San José de
Uchupiamonas y atravesando dos cordilleras, los miembros de la
Expedición Madidi ya están preparando mochilas, brújulas y el cuero para
encarar este nuevo desafío. Nuestros compañeros de ruta, desde
California hasta Bogotá, desde Guatemala a Montevideo, afilan sus dedos
para apoyarnos con sus escritos y publicaciones. Nuestros amigos
ultramarinos, desde Barcelona hasta Atenas, hacen lo mismo. Todos ellos
forman parte de la República Toromona.
Una mañana radiante, la creamos con Gastón y con Marco para decirle al
mundo que los Toromonas existen, que no son un cuento de la selva ni los
personajes de una novela sino un pueblo de guerreros valerosos que
lucharon con pasión para defender su libertad. Para decirle al mundo que
es posible que ellos hayan sobrevivido y que todavía resistan en la
selva del Madidi. Que a nosotros nos preocupan su vida y su dignidad y
que por eso no nos cansaremos de decir a quien quiera oírlo:Salvemos a
los Toromonas.
Pablo Cingolani, argentino, nacido en 1963, es
historiador, periodista, corresponsal de @DIN en Bolivia.
http://www.cingolani.ssolucion.com/
Artículos relacionados