|
Por: Jorge Eduardo Rulli
En
los encuentros previos en la Cancillería a la reunión del Protocolo de
Bioseguridad y luego en los diálogos con la delegación argentina en
Curitiba, surge por primera vez de una manera explícita, al menos para
nosotros, la existencia en la Argentina de una política de Estado. Sì,
nuestro país que casi no tiene Estado, parece tener en cambio una política
de Estado... ¿Qué es una política de Estado? Es una política estratégica que
trasciende al Gobierno que la inicia y que es continuada como un mandato por
los otros gobiernos que lo suceden. Es lo que puede llamarse, asimismo: un
proyecto de país. Alguien lo pensó y dio los primeros pasos, luego cambió el
gobierno y ocuparon los puestos decisorios tal vez sus opositores que, van a
modificar todas las políticas, menos aquella política estratégica que
corresponde a la política de Estado y que son entonces continuadas más allá
de toda bandería política. Esa es una política de Estado. No sabíamos que
las teníamos… Mejor dicho, lo habíamos denunciado muchas veces y aún
nuestros amigos nos acusaron de ver fantasmas, y terminamos sintiéndonos
casi paranoicos… Pero resulta que los fantasmas existen, y resulta que
tenemos una política de Estado… y ¿cuál es esa política de Estado? Pues,
como ya se habrán imaginado, es la de la soja…Esa es nuestra política de
Estado, que todo el mundo se informe: ¡nuestra política de Estado es la de
seguir siendo una Republiqueta Sojera…!
Esa política fue diseñada en los noventa por Jorge Castro y Héctor Huergo,
ambos hombres que fueron de la izquierda y luego se convirtieron al
menemismo, a ellos se sumaron luego Trucco y Grobocopatel, el Destino de la
Argentina será el de producir forrajes transgénicos y ser un paladín de la
Biotecnología en el mundo globalizado. Ellos dibujaron nuestro destino. De
los sobrantes del forraje con que se alimentan los rumiantes y las aves de
corral de Europa y de China, fabricaremos biodisel y con los subproductos
que resten se alimentarán los pobres, una especie menor en la escala de
valores de una élite parasitaria que entregó la patria por unos cuantos
contèineres de soja transgénica.
Cuando interpelamos a la Delegación en Curitiba durante la MOP3, se
defienden diciéndonos: este no es el ámbito donde discutir las políticas de
Estado. Esas políticas implican en Curitiba: resistir y posponer el
cumplimiento del Protocolo, hacer propio el discurso de las empresas e
incidir sobre los países pequeños a través de la llamada “capacity building”
o sea el crear capacidades en otros países, dando por sentado nuestra
solvencia auto referencial en Biotecnología y en formar cuadros capaces de
controlar los procesos de manipulación y traslado de OVM o sea de Organismos
vivos modificados genéticamente.
Una política de Estado significa determinar un objetivo trascendente y en la
medida que ese objetivo se oculta y a la vez se respeta y se cumple por
encima de partidismos e ideologías, podemos hablar con propiedad de “gatopardismo”,
cuando se modifica lo accesorio para que lo importante permanezca igual.
Una política de Estado, en la medida que trasciende a los partidos y a las
ideologías debería ser producto del consenso o de un gran acuerdo nacional
que ponga por delante el interés del conjunto de la Nación. Pero el producir
Soja transgénica como política de Estado y fantasear con una supuesta
Biotecnología nacional, fue decidido como política de Estado a espaldas de
los argentinos y con el voto exclusivo de los agronegocios, de los grandes
sojeros y de las empresas agro exportadoras.
Tiene razón la Delegación argentina en el sentido que no es con ellos, aquí
en Curitiba, donde puede modificarse una política de Estado, pero también es
verdad que cada vez que hemos hablado con quienes deciden las políticas no
solo no reconocen que haya política de Estado alguna y menos heredada del
menemismo, sino lo que es peor, ignoran por completo todo lo concerniente a
la Soja, a la Biotecnología e incluso a nuestra obscena relación con la OMC,
o sea la Organización Mundial de Comercio. Entonces ¿Con quién hablar acerca
de estas políticas de Estado? ¿Tendrán razón acaso algunas ONG
internacionales que ya no hablan más con los gobiernos y negocian en cambio
directamente con las corporaciones? ¿O será ese también un modo de legitimar
a este nuestro nuevo estado de transcolonialismo?
Alguna vez hace muchos años, los argentinos nos sentíamos expresados por una
consigna que nos movilizaba desde las entrañas: ¡Patria sí Colonia no! Ese
grito era un parte aguas en cualquier discusión y ponía a unos de un lado y
a los otros del otro, porque en ese entonces estaba claro que había un campo
nacional y otro antinacional. Y ahora qué, ¿no será acaso igual pero no
sabemos verlo? Dejémoslo aquí… presiento que se acerca la hora de volver a
tomar caminos con corazón… |