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 Testimonios 

Los huesos de los muertos sin sepulcro

Orlando Zacarías Medina *

A Marta Castillo, socióloga,
desaparecida en 1976.

Era una noche oscura, más oscura en esos años de dolor, y los días llenos de nubarrones; el país se cubría de negros crespones de muerte. Parecía que todo se acababa en torturas, y cementerios NN. Este duro golpe asestaba a toda la familia argentina en 1976, días de tinieblas y noches sin luz, la muerte se conducía en autos grises. Dueño de la vida y desaparición era un plan del Pentágono, la CIA había planificado el plan sábanas blancas para que no quedaran indicios de desaparecidos. Así se planificó para toda Latinoamérica. En Uruguay contra Tupamaros, en Chile contra el MIR, en la Argentina contra Montoneros, PRT, el FAS, FAP, FAR y otras organizaciones del pensamiento revolucionario.
Marta era una joven socióloga de Santiago del Estero con un pensamiento esclarecido y una información del cambio de la sociedad, que no era de coyuntura sino de estructura, no en la

Pintura de Ana Erra

explotación del hombre por el hombre sino la igualdad entre todos los hombres. Ella soñaba, como la juventud argentina, que la revolución era su ideal, la esperanza, la entrega y la fe, idealizada en las proclamas que estaban presentes: eran un sueño “FAR, FAP, Montoneros son nuestros compañeros”, “Perón, Perón por la Liberación”, “Perón, Evita, la patria socialista”, “Lanusse asesino, los que mataste en Rawson eran machos y argentinos”, “Duro, duro, duro, que vivan los montoneros que mataron a Aramburu”, y otras proclamas con la estrella roja: “Vencer o morir”.
Perón murió y su señora quedó de presidenta y en marzo del ´76 cayó; los militares tenían planificada la orden del Pentágono. La Junta Militar empezó a perseguir a toda una juventud. Los asesinos aparecieron sembrando desesperación y levantando a todo aquel que se creía sospechoso; picanas, gritos y sangre de dolor, camas eléctricas hasta dejarlos desmayados o semi muertos; después, los restos eran tirados al mar, al río, al monte, y otros en cajón de muertos en cementerios como NN.
Su madre la busca de día y de noche, golpea todas las puertas con lágrimas de sangre, aunque nunca la volverá a encontrar. Su hermano sigue buscándola, y el otro levanta las banderas de la izquierda a través del movimiento político social Teresa Vive.
La Iglesia bendecía los sables y los muertos; también es culpable por encubridora. En el púlpito algunos sacerdotes daban la razón diciendo que Dios había mandado a los militares a poner orden. Qué hermosa orden, 30.000 desaparecidos, torturados y muertos y otros tantos que no se saben. Ninguna organización religiosa alzó su voz en contra de este genocidio.
A un militante santiagueño que habían matado en la base Comandante Zar lo trajeron en un cajón. Un legislador desaparecido con otros militantes de la juventud peronista que ya no están, pagaron a un policía con un empleado de la funeraria para abrir el ataúd; su cuerpo estaba negro, olor a carne quemada, su encía negra igual que su paladar y los dientes hecho pedazos, sus uñas oscuras y levantadas tanto de las manos como de los pies, sus genitales quemados por la tortura, todo su cuerpo quemado por la picana, su cuerpo ametrallado por la espalda.
Esa realidad del genocidio y la muerte es la que marcaron los militares en Argentina. Los huesos de los muertos sin sepulcro ¿dónde están?, en el viento, en la noche o en el día, en el sol o la luna, o en alguna primavera.

*
Profesor de Ciencias Naturales, especialista en escorpiones. Fue discípulo del Dr. Jorge Washington Ábalos en el Instituto de Animales Venenosos, en la década de 1960. En los últimos años cultivó la amistad de Luis Rubén Ponce. Ha escrito numerosos relatos y cuentos. Reside en Colón (N) 430, Santiago del Estero. Tel. (54-385) 421-5303.

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