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acontecimientos de los que fui testigo durante los violentos
incidentes ocurridos en el poblado de San Salvador Atenco el Jueves 4 de
Mayo del
2006, los cuales terminaron con mi expulsión del país de manera
injusta y arbitraria.
1.- El día miércoles 3 de Mayo, luego de ver las noticias en televisión
y enterarme de la muerte de un niño de 14 años, mi condición de
antropóloga y documentalista hizo que me conmoviera con el deceso de
éste pequeño por lo cual decidí dirigirme a San Salvador Atenco a
registrar cual era la situación real del poblado. Pasé allí la noche,
registrando las guardias que la gente del pueblo había montado y
realizando entrevistas en las mismas. Hacía frío, me arrime a las
fogatas que la gente del pueblo había montado mientras seguía
registrando imágenes. La luz del amanecer anunciaba un nuevo día: jueves
4 de Mayo.
Han de haber sido como las 6 de la madrugada cuando las campanas de la
iglesia de San Salvador Atenco comenzaron a sonar: tum tum tum tum, una
y otra vez, mientras por el micrófono se vociferaba que la policía
estaba sitiando el poblado. Las bicicletas iban de un lado a otro, la
panadería de un costado de la iglesia ya había abierto sus puertas y la
calidez del olor del pan recién horneado inundaba la calle junto con el
ir y venir de los campesinos en bicicleta. El señor que vendía atoles me
dijo que tuviera cuidado, que los que venían "eran muy cabrones". Me
dirigí a una de las guardias, donde los campesinos miraban en dirección
a la manada de policías que allá a lo lejos se veía.
Metí el zoom de la cámara, me di cuenta que eran muchos y que cubiertos
por sus escudos avanzaban dando pequeños, imperceptibles pasos. Sentí
miedo, ellos eran muchos fuertemente armados y los campesinos pocos y
desarmados. En la pantalla de mi cámara veo cómo uno de los policías
apunta y dispara hacia nosotros un proyectil que cuando llego a mi lado
pude oler y sentir que era de gas lacrimógeno. Más y más gases
lacrimógenos rápidamente fueron sepultando la calidez del olor a pan
recién horneado y transformaron el angosto callejón en un campo de
batalla. El aire era ya irrespirable y me fui a la plaza mientras las
campanas sonaban con mas fuerza, por diferentes calles se veía a la
policía a lo lejos avanzar.
La poca resistencia que hubo por parte de los campesinos dejo de
resistir ante el ataque de las fuerzas policiales que abruptamente se
abalanzaron sobre los pobladores. Apagué mi cámara y junto con los demás
corrí lo más rápido que pude. Frente a la iglesia había un edificio
público con las puertas abiertas y ahí me metí a esperar ilusamente que
la turbulencia pasara. Habían ahí dos jóvenes resguardándose también
ilusamente del ataque. Éramos tres y nos mirábamos las caras angustiados
y con miedo.
Cuidadosamente me asome a mirar a la calle y ví como cinco policías
golpeaban con toletes y patadas a un anciano tirado en el piso sin
compasión alguna. Sentí más miedo, regresé y le dije a los otros dos
jóvenes que necesitábamos escondernos más, que ahí estábamos muy
expuestos. Ilusamente nos subimos a la azotea y acostados boca arriba
mirábamos los helicópteros que como moscardones ronroneaban en el cielo,
mientras el sonido de los disparos fueron formando parte del paisaje
sonoro del lugar. Una voz de hombre violentamente nos gritoneaba "bajen
a esos cabrones que están en la azotea".
Primero bajaron los dos jóvenes, yo desde arriba miraba como los
golpeaban y con pánico no quise bajar, ante lo que un policía gritó:
"bájate perra, bájate ahora". Baje lentamente, aterrorizada de ver como
golpeaban en la cabeza a los dos jóvenes. Dos policías me tomaron
haciéndome avanzar mientras otros me daban golpes con sus toletes en los
pechos, la espalda y las piernas. Mis gritos de dolor aumentaban cuando
escuché la voz de alguien que preguntaba por mi nombre para la lista de
detenidos, respondí "Valentina, Valentina Palma Novoa" mientras un
policía me ordenaba que me callara la boca y otro me golpeaba los
pechos. Una voz de hombre ordeno que me taparan con los escudos para que
no vieran como me golpeaban. Se detuvieron a un costado de la iglesia y
ahí me ordenaron que junto a los demás detenidos me hincara y pusiera
mis manos en la nuca. Siguieron golpeándonos, mi celular sonó y una voz
ordenó que registraran mi bolsa.
En ese momento fui despojada de mi cámara de video, de mi celular y mi
pequeño monedero con mis identificaciones y quinientos pesos. Me
levantaron de los pelos y me dijeron "súbete a la camioneta puta".
Apenas podía moverme y ellos exigían extrema rapidez en los movimientos.
Me abalanzaron encima de otros cuerpos heridos y sangrantes y me
ordenaron bajar la cabeza sobre un charco de sangre, yo no quería poner
mi cabeza en la sangre y la bota negra de un policía sobre mi cabeza me
obligo a hacerlo. La camioneta encendió motores y en el camino fui
manoseada por muchas manos de policías, yo solo cerré los ojos y apreté
los dientes esperando que lo peor no sucediera. Con mis pantalones
abajo, la camioneta se detuvo y se me ordeno bajar, torpemente baje y
una mujer policía dijo: "a esta perra déjenmela a mí" y golpeó mis oídos
con las dos manos. Caí y dos policías me tomaron para subirme al bus en
medio de una fila de policías que nos pateaban.
Arriba del bus otra policía mujer pregunto mi nombre mientras dos
policías hombres pellizcaban mis senos con brutalidad y me tiraron
encima del cuerpo de un anciano cuyo rostro era una costra de sangre. Al
sentir mi cuerpo encima el anciano gritó de dolor, trate de moverme y
una patada en la espalda me detuvo, mi grito hizo gritar al anciano
nuevamente, que pedía a dios piedad. Una voz de mujer me ordeno que me
acomodara en la escalera trasera del bus, así lo hice y desde ahí pude
ver los rostros ensangrentados de los demás detenidos y la sangre
esparcida en el piso. Sin estar yo sangrando, mis manos y ropa estaban
salpicadas de sangre de los otros detenidos. Quieta y escuchando los
quejidos de los cuerpos que estaban a mi lado, escuchaba como seguían
subiendo detenidos al bus y preguntando sus nombres en medio de golpes y
gritos de dolor. No se cuanto tiempo pasó, pero el bus cerró sus puertas
y hecho a andar. Dimos vuelta cerca de dos o tres horas.
La tortura comenzó y cualquier pequeño movimiento era merecedor de otro
golpe más. Cerré los ojos y trate de dormir, pero los quejidos del
anciano que estaba a mi lado no lo permitieron, el anciano decía: "mi
pierna, mi pierna, dios, piedad, piedad por favor". Lloré amargamente
pensé que el anciano moriría a mi lado, moví mi mano y trate de tocarlo
para darle un poco de calma, un tolete fue a dar sobre mi mano, ante lo
cual, con un gesto, pedí compasión al policía que dejo de golpearme.
Queriendo darle un poco de amor acaricie la pierna del anciano que por
unos momentos dejo de quejarse. Le pregunte su nombre y me respondió.
"Si me muero no lloren, hagan una fiesta por favor". Lloré en silencio
sintiéndome sola en compañía de los otros tantos cuerpos golpeados,
pensando lo peor; que nos llevarían a quien sabe que lugar y que ahí nos
matarían y desaparecerían a todos. Por un momento me dormí, pero el olor
a sangre y muerte me despertó.
Al abrir los ojos vi la pared de una cárcel. El bus se detuvo y una voz
ordenó que bajáramos por la puerta trasera. Me ordenaron pararme y la
puerta se abrió y mi cara llorosa y descubierta vió una fila de
policías, sentí miedo otra vez. Desde abajo una voz ordenó que se
cerrara la puerta y que los detenidos debían salir con el rostro
cubierto. Un policía me tapó la cabeza con mi chamarra y las puertas
volvieron a abrirse otra vez. Abajo del bus un policía me agarro con una
mano de los pantalones y con la otra mantenía mi cabeza gacha. La fila
de policías comenzó a tirar patadas a mi cuerpo y al de los demás
detenidos que eran parte de la fila. La puerta del penal se abrió y nos
avanzaron por estrechos pasillos en medio de golpes y patadas.
Antes de llegar a una mesa de registro, cometí el error de levantar la
cabeza y mirar a los ojos de un policía, el cual respondió a mi mirada
con un golpe de puño duro y cerrado en mi estómago que me quitó el aire
por unos momentos. En la mesa preguntaron mi nombre, mi edad y
nacionalidad, luego de eso me metieron a un cuarto pequeño donde una
mujer gorda me ordeno quitarme toda la ropa, pedía rapidez ante mi
torpeza producto de los golpes. "Señora estoy muy golpeada, por favor
espere" le dije. Me revisó, me vestí nuevamente y volvió a cubrir mi
cara con la chamarra. Salí del cuarto y nos ordenaron hacer una fila de
mujeres para ingresar formadas y cabeza abajo al patio del penal, que
luego me entere que le decían Almoloyita" en la ciudad de Toluca.
Han de haber sido las dos de la tarde del jueves 4 de Mayo cuando ya
estábamos dentro de las instalaciones del penal. Nos llevaron a un
comedor y nos separaron a hombres y mujeres. En una esquina, en medio de
llantos las mujeres nos contábamos las vejaciones de las que habíamos
sido objetos. Una joven me mostró sus calzones rotos y su cabeza abierta
llena de sangre, otra contaba que la habían llevado en medio de dos
camiones mientras la golpeaban, vejaban y decían "te vamos a matar
puta". Otra joven me comento que tal vez y estaba embarazada, todo en
medio de llantos y apretones de manos solidarios. El estado de shock
entre las mujeres era vidente.
En frente nuestro los hombres conversaban entre ellos mientras nosotras
observábamos sus rostros sangrantes y deformados producto de la brutal
golpiza. En eso estábamos cuando una mujer se acerca a nosotras y
empieza a dar algunos nombres y pide que nos separemos del grupo. Éramos
cuatro: Cristina, María , Samantha, Valentina. Se nos une al grupo un
quinto; Mario. Éramos los cinco extranjeros detenidos. Al momento llega
un hombre, creo que era el director del penal y nos dice que allí donde
estábamos, estábamos seguros, que aquí nadie nos golpearía, que lo que
hubiese pasado antes de ingresar al penal no tenía nada que ver con el,
como si dentro del penal no nos hubiesen también golpeado. Le pedimos
hacer una llamada, petición que nos fue negada. Mientras los detenidos
visiblemente mas heridos eras sacados del lugar rumbo al centro de
tensión médica que había dentro del penal; no eran unos ni dos, de los
ciento y tantos detenidos que éramos, han de haber habido unos 40 con
lesiones gravísimas.
Uno de los primeros en salir fue el anciano moribundo que a mi lado en
el camión iba, a quien no volví a ver nunca más. Nos llegó el turno a
los extranjeros de ir a hacernos el chequeo médico. Yo tenía moretones
en los pechos, la espalda, hombros, dedos, muslos y piernas, se
recomendó hacerme una radiografía de las costillas pues me costaba
respirar, cosa que en ningún momento se hizo. La enfermera que tomaba
nota y el médico que me atendió actuaban con total indiferencia a mi
persona y las lesiones que presentaba. Salí de la oficina médica a
esperar que Cristina, María, Samantha y Mario terminaran el chequeo. El
seudo chequeo médico terminó y nos llevaron a una sala para tomarnos
declaración.
Extrañamente un licenciado salido de quien sabe donde nos recomendó que
no prestásemos declaración, comentario que era contradicho por las
personas que estaban tras la maquina de escribir. "Esta bien si no
quieres declarar, estas en tu derecho, pero sería bueno que dejaras
constancia de lo que te pasó" me decía una licenciada. Mientras hacíamos
las declaraciones, comenzaron a llegar al lugar muchos hombres de
corbata que haciéndose los chistosos y amables nos preguntaban quienes
éramos y como y porque habíamos llegado al poblado de Atenco, que si
acaso sabíamos lo peligrosa que era esa gente.
Cayó la lluvia y nos trasladaron al comedor con todos los demás
detenidos, se nos obligó a sentarnos y no podíamos establecer contacto
con los detenidos mexicanos, si queríamos ir al baño debíamos pedir
permiso. Llegaron funcionarios de derechos humanos a tomarnos
declaración y fotos de nuestras lesiones, las declaraciones fueron
tomadas sin interés, mecánicamente. Se nos obligó a que registráramos
nuestras huellas, nos tomaron fotos de frente y ambos perfiles, nos
dijeron que eso no era una dicha, que era un registro necesario pues era
muy probable que en la madrugada saliéramos en libertad y que para eso
se necesitaba hacer la ficha. Una olla de café frío y una caja con
bolillos fueron la cena. Ha de haber sido la media noche y me acosté en
una dura banca de madera a tratar de dormitar un poco, fue imposible,
hacía frío y no tenía cobija.
Del lado de los hombres, un rasta se dio cuenta de mi impaciencia ante
el no poder dormir y comenzamos a hablarnos de un lado a otro con señas.
Estábamos en eso cuando se presenta un custodio y comienza a dar los
nombres de los cinco extranjeros. Nos levantamos, dimos un pequeño adiós
a los demás detenidos y abandonamos el lugar. Nos llevan a un lugar de
registro, nos entregan nuestras pocas pertenencias y nos sacan del lugar
camino a una camioneta diciéndonos que nos llevarían a una oficina de
migración en Toluca. Afuera del penal escuche voces conocidas que
gritaban mi nombre, me acerco a las rejas y puedo distinguir a muchos de
mis amigos que me preguntan como estoy, les digo que mas o menos y que
nos llevan a migración de Toluca. Ellos me dicen que me van a seguir que
no me van a dejar sola. Mi tía Mónica me pasa un sobre que contiene mis
documentos migratorios y María Novaro, mi maestra y mamá en México, me
da una chamarra para el frío.
Así me subo a la camioneta que cierra sus puertas y oscuros nos vamos.
Pasamos a una oficina en Toluca a buscar a una licenciada y de ahí nos
llevan a la estación migratoria de las agujas en el DF. Han de haber
sido las tres de la madrugada cuando llegamos a la estación migratoria.
Ahí una vez mas, un médico de mala gana constató lesiones. dormitamos un
rato porque a la hora en que llegamos no era horario de oficina, así que
no habían muchos funcionarios en el lugar. Dieron las 7 de la mañana y
un auxiliar nos llevó cereal con leche. Luego me tomaron declaración,
una declaración en donde además de preguntar por mis datos personales,
me hicieron preguntas cómo: conoces al EZLN?, has estado en Ciudad
universitaria?, participaste en el foro mundial del agua?, conocías a
los otros extranjeros detenidos?, etc.
Firmé la declaración a la que se adjunto mi documento migratorio, una
carta de mi centro de estudios, una carta de mi maestra María Novaro, mi
pasaporte, mi cedula de identidad chilena y mi credencial internacional
de estudiante. Estaba en eso cuando recibo una llamada del cónsul de
Chile en México, quién me pregunta mi nombre, el numero de mi cedula de
identidad y si tengo algún pariente en México, me informa que lo que el
puede hacer es velar que el proceso correspondiente se realice en las
condiciones legales pertinentes. Regreso a continuar mi declaración y
las preguntas sobre el EZLN, el sub comandante Marcos y Atenco se
repiten.
Mientras tanto afuera de la estación migratoria se habían congregado
amigos y familiares, con los cuales no se me permite comunicar, traté de
hacerlo a través de señas y carteles, pero incluso eso nos es negado. Me
llevan a un cuarto en donde hay tres hombres que me dicen que están ahí
para ayudarme, ellos me toman fotos de frente y ambos perfiles y en todo
momento graban la conversación. Me preguntan mi nombre y si tengo algún
alias, que si conozco al EZLN, que si he ido a la Selva Lacandona, que
les de nombres que puedan dar antecedentes de mi, que qué tipo de
documentales me gusta realizar. Me dicen que mi amiga América del Valle
esta preocupada por mi porque me había perdido mientras escapábamos del
lugar, mujer de la cual recién en Chile me entero que es una de las
dirigentes de Atenco que la policía persigue.
Al terminar el interrogatorio, mis huellas dactilares son tomadas en una
maquina muy sofisticada que va a dar a una computadora. Me sacan de la
sala y me llevan a otra donde hay tres visitadoras de la comisión
nacional de derechos humanos y luego de que las dos españolas y yo les
contamos lo que hemos vivido, nos recomiendan urgentemente solicitar un
abogado para que se gestione un recurso de amparo ante una posible
deportación. El ambiente ya es tenso, así que le pido a una de las
abogadas una pluma y un papel, para escribir "1 abogado" y mostrárselos
por la ventana a mis amigos que están afuera, en ese momento entra un
licenciado de migración y al verme escribiendo me dice: "necesitas un
abogado?, yo soy abogado, cual es tu problema", le contesto que quiero
poner un amparo, ante lo que el me responde que no es conveniente poner
un amparo porque el amparo implicaría estar en la estación migratoria un
mes y que lo mas probable era que pronto saliésemos en libertad, las
visitadoras de derechos humanos, lo increpan y le dicen que por favor me
dejen hablar con alguna de las personas que están afuera.
La visita se concede y hablo con Berenice, con quien me dejan hablar
cinco minutos, a ella le digo que necesito un amparo y me dice que eso
ya esta. Me despido abruptamente de ella y luego me llevan a hacerme un
chequeo médico por segunda vez en esta estación migratoria, estoy en
eso, cuando un licenciado llega apresuradamente a interrumpir el chequeo
y me dicen que me van a trasladar a otro lugar, yo pregunto que adónde y
no se me da respuesta.
Al salir de la consulta médica me encuentro a una de las visitadoras de
derechos humanos y le digo que por favor avise a mis amigos que están
afuera que me van a trasladar, le pregunto al licenciado que adonde me
llevan y me responde que a las oficinas centrales de migración, no me
dejan seguir hablando con el y me suben a un auto particular en el que
también estaba Mario, mi compatriota. Me subo, se suben tres policías,
se cierran las puertas y una policía pide cerrar las ventanas. La reja
de la estación migratoria se abre y el carro se va como escapándose de
algo. Íbamos por periférico a más de 100 Km. por hora en medio de un
tráfico contundente. Pregunto que a dónde nos llevan y no obtengo
respuesta, ya en el camino, me doy cuenta que vamos rumbo al aeropuerto
y que delante de nosotros van dos carros más; uno con Samantha, la
alemana y otro con María y Cristina, las dos españolas. Ante la
inminencia de la expulsión injustificada en todo momento, no me queda
más que cerrar los ojos y apretar los dientes y pensar: otra violación
más.
Llegamos al aeropuerto como a las 6 de la tarde. Nos bajan de los autos
y nos ingresan custodiados a una sala completamente blanca donde nos
mantienen detenidos una hora o más. Luego nos ingresan a las salas de
espera al interior del aeropuerto, donde nos mantienen custodiados.
Primero sale el vuelo de Samantha. Seguimos esperando y en la espera yo
no hago mas que llorar, me siento mal, me paró y trato de caminar por el
pasillo, se me acerca una custodia y me dice que debo estar sentada, "me
siento mal" le digo, "no me voy a escapar, déjame". Sigo llorando y un
policía se acerca y me dice: "ya no estés así, no conviene esa actitud,
si te sirve de consuelo, déjame decirte que no estas deportada, que solo
has sido expulsada del país, pero puedes volver a entrar en cualquier
momento". Ilusamente sus palabras me calman. Nos llevan a un bar a
fumarnos unos cigarros porque todas estamos muy alteradas.
El vuelo de Lan Chile de aproximadamente las once de la noche es
anunciado, a mí y a Mario nos llaman, nos despedimos de María y Cristina
con un apretado abrazo. Nos formamos en la fila y nos entramos al avión.
Dentro del avión uno de los pasajeros se acerca a mí y me entrega unas
cartas que han mandado mis amigos que estaban afuera haciendo todo lo
posible para detener esta injusta expulsión. Caen mis lagrimas de no
saberme sola, la custodia que va a mi lado, me dice que qué me pasa, le
cuento mi caso; le digo que llevo viviendo en México 11 años, que mi
vida esta en ese país, que nunca se me dijo que estaba pasando, que todo
el procedimiento ha sido ilegal, que he sido golpeada y vejada por la
policía. Me dice que a ella le avisaron 30 minutos antes de subirse al
avión que viajaría a Chile, que a ella no le dijeron nada, pero que si
notaba que algo raro hubo en el procedimiento, porque normalmente antes
de deportar a alguien se pasa mínimo un mes en la estación
migratoria, que ha de haber sido una orden dada desde arriba.
Ya asumiendo mí expulsión me pongo a platicar con ella y le digo que
lugares de Santiago puede visitar el corto tiempo que dure su estadía.
El cansancio y la impotencia son demasiadas, me duermo. Me despierto con
la cordillera de los Andes en la ventanilla del avión. Bajamos del
avión, nos entregan a policía internacional, donde nos toman declaración
del porque de nuestra deportación y/o expulsión. Afuera me esperaban
llantos, besos, abrazos. Nos vamos al hospital a constatar lesiones y
rápidamente armamos una conferencia de prensa con televisión y radio, en
donde denunciamos la ilegalidad de nuestra expulsión y la brutalidad
policial de la que fuimos objeto.
2.- Después de lo que les he contado quisiera hacer de su conocimiento
mi total rechazo, indignación y rabia ante:
a) la utilización de la violencia física, psicológica y sexual como arma
de tortura y coerción en contra de las mujeres.
b) la brutalidad policial de la que fuimos objeto todos los detenidos,
más allá de nuestras
nacionalidades. c) la ilegalidad de mi deportación en dos sentidos: por
haber estado mis papeles migratorios en regla y por el rechazo al amparo
presentando, argumentando mi ausencia en el país, cuando yo aun estaba
en México.
3) Por lo expuesto anteriormente anterior, estamos estudiando con
nuestros abogados, orientar nuestras acciones tendientes a lograr:
a)Se nos restituya el derecho a seguir estudiando en México por medio de
todo tipo de gestiones con el gobierno chileno y mexicano; b)gestiones a
nivel diplomático con la embajada de México en Chile;
c)poner una querella criminal contra la policía por delito de lesiones
d)entablar una demanda contra el estado mexicano por deportación ilegal.
¡No a la violación , no al uso de mujeres y hombres como objetos, no a
la brutalidad y a la tortura, no a la justificación de la violencia! |